James Joyce y la odisea de leer
James Joyce y la odisea de leer

James Joyce y la odisea de leer

Letras
A 138 años del nacimiento del escritor irlandés, recordamos parte de su vida y obra, y la complejidad literaria de traducciones e interpretaciones a partir de su obra magna, Ulises.
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Nunca dejó de sentirse irlandés. O, más precisamente, dublinés. Escribió sobre su patria, cultura, costumbres y tradiciones. Sin embargo, vivió la mayor parte de su vida lejos de allí (Inglaterra, Suiza, Italia), aunque siempre evocando y reconstruyendo la tierra natal en  muchas de sus creaciones literarias. 

Nacido el 2 de febrero de 1882, en el seno de una familia de clase media y católica, tuvo su primera educación en un internado jesuita. La intención, según algunos de sus biógrafos, fue que se incorporara oficialmente a esa orden. No obstante, a sus dieciséis años, rechazó de forma absoluta el catolicismo.

Lo que nunca abandonó fue la escritura que ya había comenzado a explorar desde pequeño. A los nueve años, compuso un poema titulado Et tu, Healy, con el que expresó su sentir sobre la muerte de Charles Stewart Parnell, un político fundador y miembro del Partido Parlamentario Irlandés. Seguramente, un personaje público que había influido a su familia.

Un escritor por la vanguardia

Según la historiografía literaria, Joyce, junto con el francés Marcel Proust, el checo Franz Kafka y el estadounidense William Faulkner, se convirtió en uno de los pioneros que apostó por la renovación de las técnicas narrativas, durante las primeras décadas del siglo XX.  Luego de abandonar algunos breves estudios que hizo en medicina, se dedicó de lleno a sus libros, colaboraciones en diarios y revistas, y a las clases que impartía como docente de lengua inglesa.

A partir de ahí, llegaron Dublineses (1914), un libro de cuentos ambientados en la capital irlandesa; y, luego, Retrato del artista adolescente (1916), una novela semiautobiográfica en la cual algunos la reconocen como una continuación de su relato “Los muertos”. En este cuento, Joyce expone una profunda reflexión sobre lo abstracto y absurdo que puede significar la muerte. Otros expertos encuentran en aquella novela una técnica narrativa que alcanzará su máximo esplendor en Ulises (1922), su gran obra maestra. Allí, el escritor convierte un día en la vida de Leopold Bloom, de su mujer Molly y del joven Stephen Dedalus (también ambientado en la ciudad de Dublín) en una odisea, claramente con un paralelismo sobre la antigua obra de Homero del siglo VII a. C. Joyce también escribió poesías, teatro, ensayos y una gran cantidad de correspondencias.

El Ulises

Buena parte de la crítica la sigue considerando una de las piezas literarias más importantes del siglo XX. Sin embargo, con los años, su fama de difícil lectura es aun tan grande como su admiración. En internet, por ejemplo, abundan manuales para recorrer la novela con menos dificultades. Es que, como dicen algunos versados como Ricardo Navarrete Franco, “necesitamos hipervínculos, porque unas cosas están conectadas con otras, como el periplo de Bloom por su ciudad con el viaje de Odiseo, o el Mediterráneo con el mapa de Dublín. A Joyce hay que leerlo usando más de un libro. Si no, uno se ahoga”. Por otra parte, además de las múltiples intertextualidades, la traducción es un nivel más que, quizá, sume complejidad en la recepción. 

Según Borges, el libro más intraducible de la historia

Hay una expresión italiana que dice: “Traduttori, traditori” (Traductores, traidores). La referencia parece estar anclada, sobre todo, en el concepto de fidelidad cuando la propuesta es trasladar una obra literaria de una lengua a otra. Se sentencia, entonces, que ese camino se torna imposible ya que, durante el pasaje idiomático, la pérdida de significados y el oscurecimiento de algunos conceptos son inevitables. Sin embargo, ¿qué hace que una literatura pueda sortear las fronteras lingüísticas, para alcanzar a quienes no hablan la lengua de origen? ¿Es una empresa que, indefectiblemente, lleva al fracaso? ¿Hay, en definitiva, traducción posible?

Jorge Luis Borges fue uno de los escritores que más se interesó en la traducción. Con solo nueve años tradujo “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde, y a lo largo de toda su carrera intelectual fue una actividad que nunca dejó de ejercer. El autor de El Aleph siempre opinó que la traducción, incluso, puede ser originaria y fundante de una versión más enriquecedora que la original. Sobre todo, lo notó con las innumerables traducciones que leyó de Las mil y una noches. Hay ejemplos que ilustran algunas traducciones que incorporan, desarrollan o matizan el texto fuente. Tal es el caso del francés Antoine Galland, primer traductor de aquella obra anónima protagonizada por Sherezade, en la que agregó varios cuentos que jamás se encontraron en ninguno de los originales. En cuanto al Ulises, sin embargo, por su vuelo literario y genio autoral de Joyce, Borges lo señaló como uno de los más intraducibles de la historia. Sin embargo, no todos se dan por vencidos. Y en Argentina, tampoco.

Algunas traducciones argentinas 

En 1945, José Salas Subirat -un vendedor de seguros convertido en escritor autodidacta, a quien el periodista Lucas Petersen le dedicó una biografía- realizó la primera versión al español propio del Río de la Plata. Por convocatoria, la editorial argentina Santiago Rueda abrió un concurso para llevar adelante la traducción del libro de Joyce. Salas Subirat se presentó con una versión que había hecho por puro interés y disfrute personal.

Con el tiempo llegaron otras tantas, también directas de España. Pero Argentina no se quedó atrás. El texto de Joyce sigue invitando a acercarse a sus páginas aunque sus diferentes simbolismos no sean fáciles de naufragar. Pablo Ingberg, Marcelo Zabaloy y Rolando Costa Picazo son otros tres traductores argentinos que emprendieron el gran viaje literario, para traer al español rioplatense los 18 capítulos de la magna pieza. La de Costa Picazo es una de las últimas ediciones críticas que publicó, en dos tomos, la editorial Edhasa.

Sobre la actividad traductora, Costa Picazo comentó en una entrevista: “Toda traducción debe debatirse entre tres lealtades posibles: lealtad al autor, a la lengua o al lector. Se trata de un compromiso que el traductor debe conocer y asumir. Durante una época primaron las traducciones del inglés al español hechas por españoles, que privilegiaron ante todo la lengua que es su propia lengua, lo que implicó una forma de etnocentrismo. Por otra parte, España tuvo la exclusividad de los derechos de muchos autores que escribieron en inglés. No hay que asustarse pero este tipo de traducciones españolas son útiles en especial para España y para quienes comparten esa lengua, con sus modismos y registros característicos. Esas traducciones no son necesariamente respetuosas de nuestro lenguaje en particular. Sé que hay traductores y estudiosos argentinos que sin decirlo, estamos haciendo ‘traducción argentina’”. Y agregó: “Cuando el lenguaje se vuelca hacia los registros y modismos localistas se corre el peligro de perder de vista el estilo y el ritmo propio del autor, el sello que permite reconocer la palabra del mismo modo en que se reconoce un cuadro sin mirar la firma del pintor. Una buena traducción literaria consiste en eso, en conservar la huella del autor”.

Joyce al cine

A continuación, repasamos dos versiones cinematográficas para recordar la obra del escritor irlandés:

Ulises (1957)

A finales de los 60, Joseph Strick se subió a la enorme empresa de llevar al cine la obra más compleja de Joyce. Como en la traducción, el cineasta dejó su sello propio, situándose tiempo atrás con respecto a la acción original. Según algunos críticos, salió bastante airosa de lo que se esperaba.

Dublineses. Los muertos (1987)

El director John Huston llevó adelante esta puesta al cine, justo un tiempo antes de morir, el 28 de agosto de 1987. Huston trajo a la pantalla grande su propia mirada del relato que Joyce publicó en su colección de cuentos, en 1914.

Con 58 años, James Joyce murió el 13 de enero de 1941. Resta por decir que, más allá de las recomendaciones, las críticas y la fama que conlleva su obra más importante, lo interesante es no perder la oportunidad de disfrutar una de las literaturas más apasionantes de las letras modernas. Será cuestión de tomar la iniciativa y encontrarnos con esta voz, única y personal, que a 138 años de su nacimiento, todavía está muy lejos de morir en el silencio.