Arte y Cultura en Cárceles
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El programa "Arte y Cultura en Cárceles" realiza semanalmente cursos y actividades artísticas en cárceles federales y provinciales. A través de sus diversos lenguajes, los encuentros se convierten en una experiencia vital de esperanza, solidaridad y libertad
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Desde el año 2004, y en diferentes formatos, la Secretaría de Cultura de la Nación realiza una serie de intervenciones artísticas en cárceles federales y provinciales: en la Unidad Penitenciaria N°47 del Complejo Penitenciario de San Martín, en el Centro Federal de Detención de Mujeres N°31 y en el Complejo Penitenciario N° 4 de mujeres y de jóvenes adultas, en el complejo 1 – módulo 5 de varones, en el complejo 4 CRD de Ezeiza y en el Complejo Penitenciario Federal de Marcos Paz, módulo 2. La moción se repite todas las semanas, con un equipo de profesionales que brindan cursos sobre poesía, la literatura como exploración, libre expresión cultural, herramientas para la integración social, expresión musical, comunicación, guitarra y percusión, canto y coro, iniciación musical. Las acciones las lleva adelante el Programa Arte y Cultura en Cárceles, dependiente de la Dirección Nacional de Diversidad y Cultura Comunitaria.

Daniela Calicchio es la coordinadora del Programa. Cuenta que los cursos son cuatrimestrales y que participan más de 640 personas por año. “Nos parece importante que los cursos tengan un encuadre institucional donde los alumnos deban cumplir con asistencia y objetivos de aprobación que les permiten obtener un certificado que les aporta puntaje. Eso es muy útil a la hora de sentarse a hablar con el juez que lleva adelante sus causas judiciales”, explica.

Los pilares

En los cursos participan varones, mujeres, madres, jóvenes adultas y extranjeros, tal como categoriza a su población el Servicio Penitenciario. En algunos, la población es mixta y requiere del compromiso y la insistencia diaria de los coordinadores para garantizar la asistencia de todos. El Programa Arte en Cárceles se articula con el Ministerio de Justicia, la Universidad de San Martín, organizaciones sociales y con otras iniciativas gubernamentales que potencian el trabajo diario.

El programa se basa la premisa de garantizar el derecho a la cultura, aprender un arte y tejer redes de integración social. Daniela agrega que los cambios de los alumnos son notorios.

"A veces te cruzas con personas que te dicen ‘yo voy a robar toda la vida’ pero al finalizar del año ves que esa actitud se modificó. Todas las personas tiene un gran potencial pero muchas no lo descubrieron todavía y tal vez, participar en un curso, compartir, hacer con otros, aprender algo nuevo es un pequeño motor que hace que eso arranque”, sintetiza.

Desde adentro

El Complejo San Martín pertenece al Servicio Penitenciario Bonaerense. Es un predio de tres Unidades Penitenciarias y unas de las últimas construidas en el país. Se ubica en José León Suárez, al lado de uno de los basurales más grande del conurbano bonaerense.

Paula Gómez Coll y Liliana Cabrera son docentes de los cursos de Libre Expresión Cultural y de Poesía. Ambas fueron testigos y protagonistas de cómo las manifestaciones del arte se convierten en una herramienta real de transformación social. La experiencia les permitió evidenciar que esos cambios no provendrán nunca desde la institución penitenciaria, sino de los vínculos solidarios entre el "afuera" y el "adentro" y de la lucha constante por garantizar un ejercicio pleno de los derechos humanos.

Paula es psicóloga y desde hace varios años interviene en las cárceles a través de las diferentes propuestas de la Secretaría de Cultura. Le costó tiempo ganarse la confianza de los alumnos, muchos de los cuales más de una vez pensaron que se trataba de una profesional del Servicio Penitenciario que los venía a evaluar en sus conductas. El curso que dicta se llama Libre Expresión Cultural, y se trata de un espacio que invita a producir textos y a compartir reflexiones a partir de un disparador, que puede estar vinculado a la escritura, la lectura, la música, las imágenes.

Se genera un tiempo para poder pensar, identificarse con el otro, encontrar respuestas alternativas, descubrir lógicas diferentes a las instituidas. Al ser un espacio abierto, Paula explica que participan personas con niveles educativos diferentes: hay quienes quieren escribir y lo hacen muy bien, otros que pueden escribir muy poco porque tienen hasta 3° o 4° grado, y muchos otros que no están alfabetizados, de ahí la plasticidad de la propuesta, para poder realizar producciones culturales con los recursos que cada uno tenga.

“Dentro del Servicio Penitenciario las personas son un número, son un delincuente más. Los cursos rompen con esa lógica carcelaria, con la lógica del encierro, y les da la posibilidad de ser sujetos, de ser llamados por su nombre, de tener una identidad dentro de un sistema que es muy cruel. Es de vital importancia generar un espacio/tiempo diferente al que habitan todos los días y eso constituye una oportunidad para quienes están privados de libertad, les permite encontrarse con otros modos de conocimiento, con otros saberes, con otras experiencias”, cuenta Paula.

“Cuando llegué acá no paraba de pensar cómo podía saltar esa puerta, cómo irme del penal. Estando en el curso me di cuenta de que son los libros, la cultura, el pensamiento, los que me acercan más a la puerta, más a la libertad, más al afuera”, cuenta uno de los alumnos, como un reflejo del sentir colectivo.

“Mi propuesta es no hacer alusión a la situación de encierro sino proponer algo desde la fantasía, la poesía, o escribir sobre lo que se les venga a la cabeza a partir de una imagen o una canción. La propuesta es abierta pero muchas veces termina remitiendo a sus historias de vida, al momento en que cometieron el delito, a momentos cuando estaban con amigos, de vacaciones o con sus familias. No se busca indagar en la individualidad de cada uno pero a veces las reflexiones ayudan al grupo a romper con cierta lógica, a poder hacer algo distinto con lo que les está pasando”, cierra la docente.

Las Artistas

Liliana forma parte del colectivo feminista Yo No Fui, que nació en el año 2002 a partir de un taller de poesía en la Unidad Nº3 de Ezeiza, donde se encontraba alojada. Desde entonces, la poesía es parte de su vida y de su militancia. Liliana recuperó la libertad ambulatoria en 2013, y a partir de ese momento, todas las semanas vuelve al penal a trabajar y a acompañar a otras compañeras como lo hicieron con ella en su momento.

“Es importante que las organizaciones sociales puedan conveniar con el Estado, porque es la forma de trabajar juntos, articulando saberes y recursos. También es importante que existan estos Programas para el momento del afuera, porque en este curso de poesía no solo podés tomar las herramientas de poeta, sino que escribir bien te sirve para el día de mañana redactar una nota, hacer un informe y muchísimas cosas más”, explica Liliana. 

Literatura y cine

Este año, el curso incorporó la literatura y el cine para amplificar la propia voz de quienes participan en los talleres. En el día a día trabajan distintos géneros, como crónicas, notas de opinión, relatos en primera persona, descripciones, que lleven a la redacción de historias personales y colectivas, para después transformarlo en un corto en el que ellas puedan decidir de qué forma contar esa historia, pensando las tomas, en el tipo de edición, porque en esas elecciones también hay un modo de tomar la palabra.

“Es importante lo que sucede en el curso para que las compañeras puedan repensar lo que les pasa y empezar a pensar en colectivo. Porque lo que sucede muchas veces en la cárcel, como en el afuera, es que el mismo sistema te lleva a pensar solamente en la individualidad. En el curso se dan situaciones de confianza que te llevan a confiar en la otra. Pensar en organizarse ante un conflicto, pensar en organizarse para el afuera, para eso también es importante el curso”, profundiza Liliana. 

Liliana cuenta que, estando privada de su libertad, los talleres la ayudaron a descubrirse de otra manera. “Dentro de un taller de escritura entendí, por ejemplo, que la economía, que la deuda externa, también tenían que ver conmigo. Cuando te das cuenta que seguís siendo parte de la sociedad, ahí te empezás a vincular de otra manera. Cambia cómo te relaciones con las compañeras, con el Servicio Penitenciario, ves el sistema penal de manera global y entendes que podes luchar por tus derechos”.

Liliana experimentó en carne propia que la libertad es un proyecto que se construye mucho tiempo antes de salir de la cárcel. Lo explica así: “Lo lindo que tienen los cursos es que más allá del rol docente y la disciplina en sí, la dinámica y la afectividad que se generan es muy horizontal y te dan la oportunidad de vincularte de otra manera, de hacer redes, y que esas redes continúen en el afuera", concluye.



En sitios donde la hostilidad está presente en cada metro cuadrado, las iniciativas que apuestan a una libertad creativa y de aprendisaje son espacios claves que permiten procesar las heridas individuales y colectivas, sembrar motivaciones para el retorno a la libertad física, imaginar una vida distinta, y edificar una existencia diferente.

Conocé algunas de las producciones de los talleres