Andrei Tarkovski (h): “Para papá, ser libre era una responsabilidad”
Andrei Tarkovski (h): “Para papá, ser libre era una responsabilidad”

Andrei Tarkovski (h): “Para papá, ser libre era una responsabilidad”

Arte
Cine
El hijo del director soviético vino a la Argentina para la inauguración del festival que recorre la obra de su padre
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La obra del director soviético Andrei Tarkovski (1932-1986) tiene varias particularidades que la hacen singular, pero una que comparte con pocos consagrados y que la vuelve trascendental: es un clásico, y como tal, no conoce límites espaciales ni temporales. Además de director de cine, Tarkovski fue actor y escritor. Considerado uno de los más importantes e influyentes autores del cine ruso en tiempos de la Unión Soviética y uno de los más grandes de la historia del cine, sus películas fueron reconocidas con un León de Oro en Venecia y diez medallas en Cannes. Su filmografía incluye, entre otros, La infancia de Iván (1962), Solaris (1972), El espejo (1975), Stálker (1979), Nostalgia (1983), y Sacrificio (1986).

Guardián de su legado y responsable de llevar el trabajo de su padre por el mundo, Andrei Tarkovski (h) visitó la Argentina para inaugurar el Festival Tarkovski, una serie de actividades que podrán disfrutarse hasta el 24 de abril en distintos espacios culturales. Entre ellas se destacan Luz instantánea, en la Casa Nacional del Bicentenario, una muestra de ochenta fotos tomadas por Tarkovski con una cámara Polaroid, la presentación del libro Narraciones para cine y la proyección de sus largometrajes restaurados.

Tarkovski (h) se toma el tiempo de responder las preguntas de aquellos que se acercan para saludarlo o de acceder a una foto con quienes le declaran la admiración hacia su padre. Tiene varias entrevistas pautadas y poco tiempo. Pero responde sin ansiedad y su modo descontracturado de hacerlo transforma la solemnidad de su andar en una charla cálida, que tiene como temas protagonistas el mundo interno del gran artista, la condición humana según su padre, la soledad, el exilio, la libertad, Borges, el tango, y la búsqueda constante por encontrar respuestas.

-¿Por qué la muestra se llama “Luz instantánea”?

-El nombre de la exhibición se remonta a diez años atrás, cuando publicamos un libro, en Italia, dedicado a 60 polaroids. Junto con Giovanni Chiaramonte, el talentoso fotógrafo, pensamos e hicimos el libro, que se llamó “Luz instantánea”, porque las polaroids eran como una fantástica e increíble visión de la luz y del mundo de mi padre. Más tarde, agregamos 20 fotos y armamos la exhibición. Las polaroids expuestas pertenecen a una parte crucial de su vida, cuando deja Rusia con mucho sufrimiento. Descubrimos una luz increíble en las fotos. Mi padre fue un maestro de la luz, y de alguna manera creo que arrojaba luz sobre la condición humana.

-¿En qué sentido?

-Siempre intentó entender y encontrar el significado de nuestra existencia, su objetivo más importante. Toda su obra es un intento por arrojar luz sobre el ser humano, por comprender el significado de la vida, por contar que la vida no es solamente su aspecto material, sino que lo más importante es el mundo espiritual. Su trabajo se trataba, justamente, de este intento por responder las preguntas fundamentales de la vida. Utilizó su arte, su cine, y su visión del mundo para tratar de entender estas preguntas y mostrar que hay algo más que la vida de todos los días, que el ser humano no es un robot que vive para trabajar y sobrevivir, sino que tenemos que responder por qué estamos acá, por qué vivimos, qué hay más allá de nuesta existencia. Y sobre estas cuestiones versan sus películas. Lo que él hizo en su vida, a través de sus películas y sus intentos personales, fue mostrar que existe una realidad mucho más amplia que la que vemos, sin quedar en las acciones mecánicas que se presentan a diario. Para él esa era la vida real que el ser humano debía alcanzar.

-¿Qué le enseñó a su padre acerca de esta comprensión de la vida?

-El arte, la poesía. Esta visión poética del mundo que heredó de mi abuelo, (el poeta ucraniano) Arseni Tarkovski, le permitió decir las cosas de una manera poética. Mi abuelo le dio esta posibilidad y mi padre compartió con nosotros esta visión, y esta urgencia de comunicar lo que él quería decir.  

-¿Le resultó difícil separar su rol de hijo de su rol de admirador?

-No hay diferencia entre mi persona, como espectador, y el resto de los espectadores o admiradores. Las sensaciones y el impacto emocional que generan sus películas son similares en cualquier persona. Tal vez sí el hecho de ser su hijo me brinde otra percepción o entendimiento biográfico. Puedo reconocer cuestiones familiares, ideas que compartió con nosotros, pero no hay demasiada diferencia en el impacto en los demás y en mí. Esto es justamente lo increíble: sus películas actúan de una manera similar en todo el mundo, lo que habla de la universalidad de su arte. Por supuesto que se trata de un artista que proviene de una tradición rusa, de una tradición cultural rusa, pero su arte puede ser entendido por cualquiera.

-Uno de los objetivos de su padre tenía que ver con esta búsqueda de entender que hay más allá de la vida en la tierra, ¿qué pensaba él sobre esto?

-Mi padre era cristiano, creía en Dios y en la inmortalidad del alma humana. Esto le daba fuerzas, y lo inspiraba para crear. Aunque siempre buscaba respuestas en otras direcciones, en la filosofía, por ejemplo. Todos estos aspectos de sus búsquedas daban vueltas alrededor de sus raíces cristianas. Era un hombre extremadamente libre. Uno podía verlo caminar en la calle y pensar que estaba desconectado, pero no. Él creía que el artista, para poder crear, debía ser un hombre libre.

-Mientras trabajaba en una primera versión de Sacrificio (1986), le diagnosticaron cáncer, la misma enfermedad que padecía el personaje principal de la historia. ¿Cuál fue su reflexión acerca de esta simbiosis entre vida personal y artística?

-Sí, hay una fuerte cuestión autobiográfica y una cuestión anticipatoria. Él creía que, de alguna manera, a través del arte se podía ver el futuro. Empezó a creerlo luego del film, por eso no quería saber más nada con hacer películas autobiográficas; le asustaba que las historias que creaba luego se volvieran reales. Hacía chistes con esto. Pero creía realmente que este era el regalo, y la tragedia, de un artista con la capacidad de estar en contacto con la realidad. No hay méritos, no se obtiene satisfacción o beneficio material fuera de su tabajo; tiene que ser esclavo de este regalo.

-¿En qué medida el exilio modificó el estilo artístico de Andrei?

-No creo que lo haya modificado. Se lo preguntaron muchas veces, y siempre respondía que él era un artista ruso, un poeta ruso. Por supuesto que al trabajar en una película el artista tiene que manejarse con las posibilidades materiales del ambiente: distintos lugares, paisajes, caras, actores, distinta gente. Pero las ideas no cambian. Cambiaron las condiciones, pero no cambiaron sus ideas ni su estilo; fue un artista muy concentrado en sus objetivos.

-¿Qué palabras o imágenes elegiría para describir el trabajo de su padre?

-Podría llamarlo “poesía emocional” o “filosofía artística visual”, porque en sus películas expresa ideas filosóficas de una manera muy clara. Mi padre nunca estaba contento con él mismo. Era un hombre muy crítico, hacia los otros, especialmente hacia los artistas, y hacia él mismo. Siempre estaba buscando; nunca sentía que estuviera todo hecho y nunca estaba contento con sus películas. Tal vez sí pensaba que eran mejores que las del resto, pero eso no significaba que pensara que fueran buenas; siempre se podían hacer mejor.

-Era severo y crítico consigo mismo pero al mismo tiempo un hombre libre, no es una combinación fácil.

-Sí, absolutamente. Ser libre para él era una responsabilidad, lo sentía así, pero no se trataba de libertad para hacer cualquier cosa. El arte es una responsabilidad hacia los demás, hacia la nación, la familia, porque si uno tiene un talento lo tiene que atender, lo tiene que servir. Así funcionaba para él.

-Su padre fue lector de Jorge Luis Borges y le gustaba bailar tango, dos cuestiones que lo conectan profundamente con la idiosincracia argentina. ¿Qué nos puede contar sobre esto?

-Le gustaba mucho Borges, de hecho fue uno de los primeros autores que me regaló cuando llegué a Italia de Rusia. Encontré muchísimas conexiones en sus películas con la poesía de Borges, y mucho en la poesía de mi abuelo también. Una conexión de sueños, espejos, cajas chinas, infinitud. Mi padre era una persona muy alegre, disfrutaba la vida, la buena compañía, le gustaban las mesas con amigos, le gustaba bailar. El tango era una parte muy importante de la cultura rusa. Si uno quería aprender y ser un gran bailarín el tango era una de las danzas que debía conocer. Fue un gran bailarín.   

-¿Un consejo para descubrir o sentir el arte de Andrei Tarkovski?

-No hay que entenderlo, hay que sentirlo en el corazón.

 

Fotos: Daniel Rosenfeld