entrevista

"Una cosa es el mercado y otra cosa es el arte"

"Una cosa es el mercado y otra cosa es el arte"

Marcia Schvartz nació en Buenos Aires, a días del bombardeo de la Plaza de Mayo, en 1955. Desde muy joven militó en la Juventud Peronista, y en su pintura siempre reflejó los vaivenes políticos y el estado de una sociedad en constante transformación.

Comenzó a dibujar y a pintar desde chica en los talleres de Luis Falcini, Ricardo Carreira y Rebeca Guitelzon. También estudió grabado con quien fue su gran maestra e influencia, Aída Carballo, y con Jorge Demirjián y Luis Felipe Noé. Un tiempo después se anotó en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, lugar que aún hoy considera la verdadera cuna de los artistas, y donde fue compañera de Eduardo Stupía, Roberto Elía, Duilio Pierri y Felipe Pino.

Sus pasiones, además de la pintura, son la jardinería y la lectura.

En 2013, Schvartz fue la primera mujer en medio siglo en ganar el Gran Premio Adquisición de Pintura del 102.º Salón Nacional de Artes Visuales, que entrega el Ministerio de Cultura de la Nación. Este año, expuso su muestra “Marciamundi” en la Casa Central de la Cultura Popular, ubicada en la Villa 21-24, y recibió el Gran Premio Homenaje del VIII Premio Nacional de Pintura Banco Central 2015.


—¿Creés que las mujeres están en desventaja en el mundo del arte?

—El mercado equiparó bastante los géneros. Si hacés lo que esperan que hagas, no importa que seas hombre o mujer. Sin embargo, los que siguen estando en el top de los premios y reconocimientos son todos hombres. Cuando estudiaba en Bellas Artes, el 80 por ciento éramos mujeres, y los conocidos son, en su gran mayoría, hombres. Son los más competitivos. Las mujeres, además, tienen hijos y se les hace difícil compatibilizar la vida de artista con la de madre. Eso ha cambiado, pero poco. Todo el mundo profesional se volvió muy competitivo, y las mujeres muchas veces quedan afuera.

—¿En qué ha cambiado el mundo del arte?

—Cuando empecé, hace mil años, había cierta contención de parte de artistas más grandes, que te daban un lugar, que te registraban cuando tenías talento y eran los que te validaban. Funcionaba como una red, que luego, con la entrada de los curadores, se fue dificultando. Hay mucha gente que viene de la historia del arte o de la gestión, que no tiene visión y, en cambio, busca la referencialidad histórica. Y un artista realmente original, jugado, tiene pocas chances. La originalidad dejó de ser un mérito. Hoy, si bien los artistas podemos registrarlos, no tenemos demasiado poder para ayudarlos.

Ahora el arte es un negocio. Hay quienes han tomado mucho poder, y no queda espacio donde entrar sin ellos. Un artista no puede consagrarse sin la ayuda de un curador que lo acompañe en su carrera. Existe una cuestión de clase muy marcada en el mundo del arte hoy, y el artista ha quedado relegado al mercado. Pero hay que diferenciar: una cosa es el mercado y otra cosa es el arte.

 

—¿Cómo definirías tu arte?

—Mi arte es la pintura. Es una definición muy amplia y pasa por encima de todo. Me reivindico como pintora, a pesar de que también soy dibujante, ceramista y he hecho instalaciones.

Lo manual define mucho en este momento. Trabajo con la mano, que está en combinación con el ojo; y el ojo es el cerebro, son las ideas. La pintura sobre tela es una idea, es un trabajo, son muchos años de forjar tu propia imagen en relación con tus ideas. El artista sos vos, tus temas, tus preocupaciones, tu formación, tu manera de ver el mundo, tu experiencia.

 

—¿Cómo se hace para sobrevivir a las exigencias del mercado?

—Yo tuve suerte. En los años ochenta, hubo una apertura, que coincidió con una vuelta a la pintura en el mundo. Así zafamos varios que veníamos de otro palo. Pero muchos artistas enormes todavía hoy no tienen precio en el mercado.

Este es un lugar interesante en el planeta porque hay una escuela de pintura y gente que sigue trabajando; en otros países, esto directamente no sucede. Hay un gran desprestigio de la pintura y las ideas hoy.


Entre 1977 y 1982, Schvartz debió exiliarse en Barcelona. Allí, retrató a artistas, vecinos, los verdaderos protagonistas de los barrios y de su realidad cotidiana. En cada cuadro, describía el entorno íntimo del personaje elegido, rodeándolo de sus objetos-atributos.


—¿Cuánto definió tu obra el exilio en España?

—Fueron años muy negros, de mucho dolor, no solo por el exilio, sino por todo lo que pasó previamente también. Pintaba en Barcelona, pero pensando en lo que estaba pasando acá. Soy de una generación muy sacrificada, muy tremenda, donde muchos quedaron en el camino. Todos quedamos marcados, y así debe ser.

—¿Cómo fue el trabajo allá?

—Había mucha gente interesante haciendo cosas, y yo los pintaba. También hice muchos vestuarios para performances y obras de teatro. Trabajábamos en grupo. Por ejemplo, a Krisha Bogdan, la mujer de Miguel Abuelo (la primera en hacer performance), le hacía el vestuario, ella actuaba en la rambla, y luego yo pasaba el sombrero. Es muy difícil trabajar con alguien, interrelacionarse desde el arte es algo muy serio.


Con el retorno de la democracia, Schvartz volvió a Buenos Aires, donde se instaló en el barrio del Abasto. Allí, se convirtió en la retratista por excelencia de la escena under porteña: artistas plásticos, actores, poetas y músicos posaron en su taller. Además, en esa época, se aventuró a crear títeres, objetos y escenografías para diferentes puestas en escena, así como esculturas, instalaciones y proyectos multimedia, junto con otros artistas como El Búlgaro y Liliana Maresca.


—¿Qué te llevó a trabajar de manera colectiva?

—Cuando volví, había mucha gente con ganas de hacer cosas. Hicimos cosas enormes, como “La conquista” y “La Kermesse, el paraíso de las bestias”, siempre sin ningún sponsor, nunca nos dieron un mango. Lo hacíamos a pulmón, y existía una unión colectiva muy importante con actores, músicos, escritores. Veníamos del under, salíamos de lugares que nos aunaban, y estábamos entusiasmadísimos por el momento que se vivía. Estábamos de fiesta.

—¿Qué buscás en aquellos que retratás?

—Me gusta mucho pintar militantes, jóvenes, estudiantes, sobre todo de bellas artes, porque soy yo también, es un reflejo de mi alma. El estudiante de arte es un joven lleno de inquietudes, idealista, que quiere cambiar el mundo. Adoro a mis alumnos; estudiar arte es sacrificado, no es joda, y siempre me emocionan.

También pinto gente que conozco por casualidad y con la que me engancho. Muchas veces se da algo mágico cuando los estás pintando: participan. Se crea una relación linda. Es muy íntimo retratar a alguien; es una relación hermosa: yo estoy pintando a una persona, estoy acercándome, y esa persona se está abriendo a mí. Cuando se da esa conexión, pinto muchos retratos de una misma persona.

Pero no pinto desclasados y marginados de la sociedad. Es mentira lo que dicen varios teóricos y críticos (en 1988, Alberto Laiseca la comparó con el escritor Manuel Puig “por el rescate de todas las criaturas marginales y despreciadas” que, según él, Schvartz centraba en sus cuadros). Pinto a mis amigos, a conocidos, trabajadores, alumnos, que no son seres marginales. Eso me molesta mucho por una cuestión de respeto hacia la gente que elijo pintar.

 

—¿Qué te inspira?

—La gente, por supuesto. La naturaleza también me inspira y me llena de ideas. Hace poco estuve exponiendo en Jujuy, y me dieron unas ganas tremendas de irme a pintar la montaña. Muchas veces pinté paisajes, en Tigre, por ejemplo, o cactus en el norte.

Y me inspiran ideas, que quizá las tengo años en la cabeza y tardan en tomar forma, porque no tengo plata, porque llevan mucho tiempo, porque no consigo los elementos para hacerlo. Hoy es muy difícil generar cosas en soledad. En general, hay muchos proyectos que vienen desde arriba, que se le ocurren a algún curador, que consigue un artista que ilustre su idea, y los artistas tienen que tomarla para poder hacer algo. No quiero ilustrar la idea de nadie, la idea la tengo yo.

Por suerte, la pintura es independiente: tomo la tela, pinto lo que quiero, si puedo la muestro, si no la guardo. Pero lo hago, y eso no tiene precio, es algo maravilloso.


—¿Siempre quisiste ser artista?

—Sí, siempre. En mi casa, mi viejo era editor y mi mamá, historiadora. Por supuesto, no entendían nada, yo dibujaba, ensuciaba todo. Estaba siempre leyendo, no me gustaba estudiar. Me gustaba serruchar madera, tallar jabones. Así empecé a ir a distintos maestros y talleres barriales, y finalmente a Bellas Artes, que creo que es la cuna de los artistas.


—¿Qué artistas te interesan?

—Un montón. Es cíclico, uno va cambiando y también cambia tu artista preferido. Acá hay muchos artistas alucinantes, pero la moda y lo mediático pesan por encima de todo. Un artista que está en todas las inauguraciones no puede pintar bien, no tiene tiempo.

Hay artistas super interesantes que nadie conoce, porque no hay ediciones o no les dan lugar en grandes muestras. Gracias a internet es mayor el acceso, pero toda una generación, en especial la de los años setenta, quedó relegada por el mercado, que hace un salto de los sesenta a los noventa. Pero hay otra gente trabajando, que ha resistido y que son buenísimos: Felipe Pino, Norberto Gómez, Fermín Eguía, “El Búlgaro” (Luis Freisztav), Alberto Heredia y tantos más.