entrevista

"No todas las cosas pasan por Buenos Aires"

"No todas las cosas pasan por Buenos Aires"

Referente ineludible de la cultura del Chaco, gestor cultural y responsable del resurgimiento del Centro Cultural Alternativo (CECUAL), Coqui Ortiz se prepara para afrontar su mayor desafío: coordinar el primer Centro Cultural y Documental Puerto Tirol, que dependerá del Ministerio de Cultura de la Nación y funcionará a mil kilómetros de Buenos Aires.


—¿Cómo comenzó tu relación con la música?

—Tengo los recuerdos de la casa musicalizada todo el tiempo. Mi viejo escuchando chamamé y mi hermano, que me llevaba diez años, el canto popular uruguayo y la música brasileña.



—¿En tu casa había instrumentos?

—Había un piano. Era una costumbre de la época, en los años setenta, mandar a la hija a estudiar piano, por eso mi hermana estudió en un conservatorio. Siempre el reclamo de mis viejos fue que, después, tocase unos tanguitos, y eso en los conservatorios no ocurría tanto. Otra de mis hermanas estudió guitarra, y mi hermano tocaba el bombo. Él, cuando salió del secundario y yo tenía 8 años, se convirtió en un gran agitador y productor de encuentros en el patio de mi casa. Había guitarreadas o campeonatos de truco interminables. Mi casa fue un ambiente donde la música circulaba de esa manera, pero nadie se dedicó a la música.

Con el tiempo, me replanteé si no sería un mecanismo de defensa, en ese escenario, yo, con 10 u 11 años, era el chico de los mandados, si a las dos de la mañana se terminaba el hielo me mandaban a mí. A lo mejor también habré aprendido a tocar para ser yo el que algún día pidiera el hielo.


—¿Cuál fue la primera canción que aprendiste?

—“Río de los pájaros”, de Aníbal Sampayo. La canté tanto, y la canto hasta hoy. Es una canción sencilla para tocar, de tres acordes. Esa y una zambita fueron las primeras que aprendí. Canciones del folklore argentino, ese fue mi entorno, era lo que sonaba en mi casa. Ese escenario se extendía a la vereda o a los vecinos, después de jugar al fútbol todos los días. A la noche nos juntábamos a cantar, eso sucedió durante un buen tiempo, hasta que terminé el secundario. Nunca fui un músico de escenario.


—¿Cuándo te sentiste profesional por primera vez?

—No lo tengo tan definido, porque el escenario de las guitarreadas ya era fuerte, ya me ponía nervioso, venía cantando en mi pieza y, de pronto, pasaba a cantar para unos veinte que se juntaban en el patio de mi casa. Mi hermano llegó a festejar un cumpleaños, habré tenido 18 años, decidió hacerlo en el “Club Juventud” de Villa Centenario. La cantidad de invitados excedía los límites de nuestro patio y entonces armó su fiesta ahí y consiguió sonido, y vinieron todos a cantar. Entre los amigos que llegaron esa noche, estaban algunos que ya se dedicaban a la música de manera profesional, como el santiagueño Jorge Bulacio, que era profesor de la Escuela Municipal de Folklore de Resistencia. Ellos tocaron y yo canté con mis amigos del barrio, y uno de ellos, el “Tacuara” Delgado, me invitó a la escuela a tocar. Me acerqué y a la segunda vez que fui, el “Negro” Bulacio me dijo que fuera a su casa para mostrarme algunas cosas y para acompañarlo cuando tuviera actuaciones. Así fue como, al tiempito, me invitaron a la peña "Martín Fierro". Acompañé unos malambos a los zapateadores y canté dos canciones. Cuando terminó la noche, “Tacuara” Delgado repartió a los bailarines en un Fiat 600, a mí me dejó último, y cuando llegamos a mi casa me pasó la mano y me dio cincuenta pesos. En ese momento sentí esa sensación extraña de hacer lo que me gustaba y volver a mi casa con una platita.


—¿Recordás algunos personajes de esas noches de peña?

—Sí, claro, recuerdo una noche que estaba con el santiagueño Bulacio y me cantó una zambita, había entrado el “Negro” Rodríguez, que me saludó después de cantar y preguntó: “¿Con quién anda este pendejito?”. Le dijeron: “Anda con Bulacio” y él desafió: “Ahora va a andar conmigo”. Me adoptó, una cosa de mucho cariño. Él advertía que algo podía llegar a tener, y me llevaba y enseñaba, y era la forma que tenía de aprender. Ya había conocido a Cayetano Gauna, una especie de duende, un ídolo de la noche, de los guitarreros; todos en algún momento quisimos ser "Cayé" Gauna. Me iba a la casa de estos tipos y me pasaba horas: podía llegar a las diez, hacer los mandados, ayudarlos en la cocina, y capaz que agarrábamos la guitarra a las dos o a las tres de la tarde y nos quedábamos hasta la noche.



—¿Te costó empezar a mostrar tus canciones?

—Antes era muy difícil que alguien cantase cosas propias. Ahora escucho a chicos jóvenes cantar sus canciones con tanta naturalidad. En mi caso, tocar lo mío fortaleció el vínculo con el “Negro” (Aguirre). Una vez que toqué, al otro día fue a mi casa y nos pasamos diez horas conversando. Le mostré retazos de temas, me invitó a su casa en Paraná y ahí fui una vez, dos veces, cien a encontrarme con eso. A encontrarme no con él, sino conmigo. Él me acompañó hasta decir: "Bueno, de esto hay que hacer un disco y hay que echar a rodar eso".


—Después aparecieron otros “hermanos” en el camino...

—Todo el que me llamaba para ir a tocar fuera de Resistencia me decía que el “Negro” Aguirre había sugerido mi nombre. Así fue que empecé a salir, y en esos lugares me fui encontrando con gente. Una vez estaba durmiendo una siesta y me llamaron por teléfono, y cuando atendí me dijeron que había un ciclo en Río Cuarto donde estaban Lilian Saba, Mario Díaz y Silvia Iriondo, entre otros grandes. Pensé que me estaban cargando.¡Me encontré con Juan Quintero y para mí fue como el pájaro que inventó el sonido! Sentí un vínculo muy fuerte de amistad. Después, conocí a tipos como Luis Salinas, quien, en una noche de guitarreada, me dijo que me iba a dar unas músicas para que les agregara letra. De ese modo conocí a Juan Falú, y luego él me presentó a Liliana Herrero.


—¿Qué significa Lilina Herrero en tu carrera?

—Liliana siempre ha tenido una generosidad incalculable conmigo; ha sido una madre para mí, una madre con muchos hijos porque, al igual que Juan Falú, son generosos con mucha gente. Hasta hoy, vivo en ese estado de admiración por la obra de Teresa Parodi, Juan Falú, Liliana Herrero y gente que escuché tanto y se metieron tanto en mí que, después, cuando tuve la oportunidad de compartir el mate y la charla, y que hablaran de mis canciones, fue un proceso que nunca naturalicé. En algún punto, sigo siendo el mismo que agarró la guitarra en el patio a los 15 años y me sigo deslumbrando con la presencia de estos grandes, por más que vengan a mi casa de visita.


—¿Cómo es el Coqui Ortiz gestor cultural?

—Cuando querés empezar a tocar tenés que generar también tu escenario porque ¿quién te va a llamar para que vayas a cantar tus canciones? Te llama quien quiere contratar a un músico para animar una fiesta o para tener música en un bar; tal vez, para cantar canciones conocidas y no las propias. Ahora sí, ya me llaman para tocar mis canciones, pero antes tuve que armar mi espacio para cantar lo mío. Siento que fue ahí cuando comenzó el gestor cultural.


—¿Cómo se trasladaba esa “gestión” al barrio?

—Con mi hermano, compañeros de escuela y mis amigos, generábamos siempre cosas para el barrio. Habíamos hecho muchas actividades hasta que, de pronto, uno de ellos puso una casa, la pintamos, hicimos locro, y un día vino mi hermano con un cartel que decía “Unidad Básica Juan José Valle”. Entonces nos dimos cuenta de que eso que hacíamos era peronismo. Yo no lo hacía por eso, lo hacía porque para mí era natural; nunca me afilié al partido ni milité.


—¿Tuviste que ver con la recuperación del Teatro Obrero?

—Sí, con mi hermano y ese grupo de amigos un día fui a jugar al fútbol detrás del Teatro Obrero que está detrás del Hospital Perrando. Entramos y vimos que era un teatro en medio de un barrio, con trescientas butacas bastante rotas. Fue así que pedimos que nos prestasen el lugar para dar clases de guitarra y otros rubros. Durante un buen tiempo sacamos ese teatro para arriba, y lo hicimos a pulmón. Por tres o cuatro años, llevamos adelante grandes producciones ahí. Suelo decir que si hubiese tenido tiempo para hacer solo música habría sido mejor, pero siempre hice esas otras cosas con la misma intensidad.


—¿Después llegaron los proyectos del Grupo Cultural La Ronda y el CECUAL?

—Sí, después de la experiencia en el Teatro Obrero, con otros amigos armamos el grupo La Ronda, que tiene más que ver con esta etapa en la que estoy ahora. Trajimos gente a darnos talleres y empezamos a armar recitales de músicos argentinos. De ahí derivó la invitación a hacerme cargo, junto con otro grupo de colaboradores, de un centro cultural del Estado, el Centro Cultural Alternativo, dependiente del Instituto de Cultura del Chaco. No llegué solo, lo hice con mis compañeros de aventuras, como el “Corcho” Benítez, “Nito” Denis y otros tantos. Quizás, por los cuatro años que estuve al frente, pueden verme como su referente o la cara visible, pero siempre me manejé de manera colectiva. Para mí, los proyectos fueron una mesa colectiva de trabajo, en la cual podía tener la virtud de coordinar todas esas voces y hacer que sonaran. Tal vez, las mejores ideas no nacieron de mí, sino de alguno de esos compañeros.


—¿De qué se trata el Centro Cultural y Documental Puerto Tirol?

—Dentro del ámbito del Ministerio de Cultura de la Nación, se va a crear un organismo para difundir, conservar y poner en valor el patrimonio inmaterial de la música y la danza, no solo de raíz folkórica, sino de la cultura argentina. Es un trabajo muy importante, lindo y gratificante que va a llevar un tiempo porque el Ministerio de Cultura no ha tenido hasta hoy instituciones así fuera del ámbito de Buenos Aires. Tiene un peso simbólico y concreto: va a clavar una bandera en el interior de la Argentina.


—¿Cuándo se pondrá en marcha?

—Es un proceso que tiene sus tiempos, porque no todo el mundo piensa en una institución que esté a mil kilómetros. Esto abrirá una gran ventana al interior profundo de nuestro país, y está bueno que suceda porque no todas las cosas pasan por Buenos Aires. El mejor ejemplo es lo que está ocurriendo con el ciclo Huella Argentina, que recorre el país y permite el encuentro entre músicos de diferentes regiones.

Y este Centro Cultural y Documental es un desafío para pensar, diseñar y ejecutar una política cultural pública desde el interior del país.


—¿Cómo es tu relación con el poeta Aledo Meloni?

—Con mi último disco, he podido plasmar en un trabajo una historia de amistad de muchos años, y de complicidad artística, con un poeta maravilloso a quien me acerqué porque, en ese ánimo de componer, tenía muchas ganas de juntarme con alguien a escribir. Llegué a él primero a través de un libro de poesía que había en mi casa y, si bien lo conocía, no tenía una amistad. Un día fui a su casa con mis cosas y me recibió y, a partir de ahí, no me fui más. Empecé a visitarlo y a aprender con alguien que tiene, exactamente, 60 años más que yo. Es como si te dijera que Atahualpa Yupanqui quiera sentarse a componer conmigo o con el “Negro” Aguirre. La mayor parte de las poesías que musicalicé corresponden a las primeras que escribió, tienen seis décadas o más, y esto demuestra que es posible ser amigos y confluir también en una obra artística.