entrevista

La mujer del teatro

La mujer del teatro

Cristina Banegas es una de las actrices más prestigiosas de nuestro país. Su nombre trascendió las fronteras cuando en 2012 le otorgaron el Premio Emmy Internacional por su papel en el ciclo "Televisión x la inclusión". A poco de cumplir 50 años de trayectoria, la actriz, cantante y docente dialoga con el Ministerio de Cultura de la Nación sobre su profesión y la experiencia de haber participado en la inauguración del Centro Cultural Kirchner, con cuatro de sus monólogos más representativos, entre los que se encuentra "Los caminos de Federico", obra pensada a partir de fragmentos de cartas y poemas del gran poeta andaluz que continúa representando semanalmente en el Centro Cultural de la Cooperación, mientras ensaya "El don", de Griselda Gambaro.
 

—A lo largo de su carrera viene trabajando en una línea de teatro alejada del circuito comercial. ¿Cómo empezó a recorrer ese camino?

—Trabajar en los márgenes del teatro comercial fue seguramente la línea de acción en la que sentí que podía ser más libre. Me siento mucho mejor cuando estoy desde el verdadero nacimiento de los proyectos. Incluso desde la traducción o la adaptación de los textos, como en el caso de "Medea" de Eurípides o "Molly Boom" de Joyce. Entonces creo que tiene que ver con algo que se ha ido agravando con los años: una necesidad mía de estar sosteniendo en escena algo con lo cual debo estar de acuerdo estética, ideológica y éticamente.


—¿Y eso implica muchas veces rechazar opciones?

—Sí, por supuesto. A veces son tachaduras costosas; pero la vida es así. Yo no establezco una relación con el público muy complaciente, digamos. Sé que la construcción de la máquina teatral es ardua, compleja y muy artesanal también.

 

—¿Qué criterio impera en usted a la hora de aceptar un trabajo?

—El criterio que tengo para elegir cualquier proyecto está en relación con el deseo o la necesidad que me genere hacerlo. Independientemente de lo económico. A veces hacemos cooperativas exitosas o trabajo un rato en un teatro oficial y tengo un sueldo. Sin embargo, a los sesenta y siete años, puedo decir que no sé cómo me las arreglé pero no puedo vivir ni del teatro ni de la docencia.


—¿Tuvo grandes maestros en ese sentido?

—Fueron muy importantes para mí los siete años que trabajé con Alberto Ure. Una persona extraordinaria, un gran intelectual. Tuve el privilegio de tener grandes maestros y grandes directoras, como Inda Ledesma, por ejemplo, una diosa absoluta. O Iris Scaccheri, gran bailarina y coreógrafa, nuestra Pina Bausch y a Isidora Duncan a la vez. Estoy muy agradecida a los modelos de representación que tuve, auténticos modelos en la cancha, porque con muchos de ellos no tomé clase sino que fui actriz. Me dirigieron, me pusieron en situaciones inconcebibles.

 

—¿Qué alternativas de formación teatral se ofrecían cuando usted se inició? 

—Cuando era joven existían básicamente dos alternativas: por un lado estaba lo que en aquel momento era El Conservatorio Nacional de Arte Dramático (actual U.N.A) y por el otro, algunos maestros privados.

—¿Por cuál optó?

—Yo elegí hacer una formación con diferentes maestros en forma privada. Estudié con Hedy Crillar, que fue maestra de maestros, como Augusto Fernández, Agustín Alezzo y Carlos Gandolfo, con quien también estudié.

 

—¿La formación privada era costosa?

—Todo lo que tenía que ver con la técnica vocal era, y sigue siendo, muy costosa. Recuerdo que Susana Naidich, una gran maestra de canto que daba clase en el Conservatorio Nacional de Música, tuvo la gentileza de becarme porque yo sólo podía pagar una clase cada quince días. No tenía mucho dinero y mi vida era muy poco estable, como suele ser la de los actores. Yo le agradecí mucho a Susana Naidich ese gesto.

 

—¿El excéntrico 18.° tiene la impronta de su propia formación?

—El Excéntrico de la 18.° es un espacio que tengo desde hace casi treinta años y lo dirige mi hija Valentina Fernández de Rosa. Nunca quise que fuera una escuela o tuviera una estructura académica. Hubo tres años en que estuvimos asociados a la Universidad Nacional de San Martín; pero salvo ese breve espacio de tiempo donde hicimos una diplomatura de teatro, el Excéntrico de la 18º es un espacio donde hay talleres para todas las edades y todos los niveles de formación pero no es ni será nunca una escuela.

 

—¿Se sigue formando?

—Cada obra que hacemos es un objeto de estudio en sí mismo. Sucede con las tragedias griegas, por ejemplo, que abren todo un universo infinito, donde cabe no sólo la tragedia sino también la mitología y la filosofía. Te podés quedar a vivir ahí para siempre si querés. La actuación tiene algo también de cirujeo, donde uno toma de diferentes espacios, lenguajes, grietas de la realidad y de la ficción, ya sea el cine, la pintura, la fotografía, o de la curva de una espalda, acaso de alguien que está cruzando la calle. Si uno está perceptivo, si está abierto, va construyendo la actuación con todo lo que encuentra.

 

—¿Cómo surgió la idea de escribir y luego publicar el libro para chicos "El país de las brujas"?

—"El país de las brujas" es una obra de teatro que escribí hace muchos años. La idea surgió de un cuento, uno de esos tantos cuentos que yo le contaba a mi hija Valentina antes de dormir. Una noche me senté y lo escribí; pero no pensé en ese texto hasta muchos años más tarde.


—¿Esperaba tener una oportunidad para representarla en teatro?

—No, lo que ocurrió fue que mi padre, Oscar Banegas, que era productor, director y guionista, me dijo un día que se le había ocurrido venderle a Televisión Española un ciclo de obras de teatro para chicos. Escribí “El país de las brujas” pensando en ese ciclo pero nunca se realizó. De modo que la obra quedó durmiendo en un cajón durante muchos años hasta que un día mi hija Valentina me dijo que quería volver a actuar. Entonces decidimos hacer la obra; primero en el Teatro Nacional Cervantes y luego en el Teatro del Cubo. La verdad es que nos divertimos muchísimo.

 

—¿La publicación llegó más tarde?

—Sí, un día surgió la posibilidad de que saliera editada por el sello Alfaguara y ahora anda por los colegios y las bibliotecas públicas del país. Fue un destino bastante curioso el que tuvo esa obra, realmente.

 

—¿Cómo evalúa la línea de educación, en diferentes áreas vinculadas a la cultura que se impulsa desde el Centro Cultural Kirchner?

—Pienso que el Centro Cultural Kirchner es un espacio extraordinario y único, tanto por su arquitectura como por los espectáculos y las actividades tan bien programadas. Para mí fue muy conmovedor haber formado parte de los actos de inauguración con mis cuatro monólogos en esa cúpula extraordinaria. En ese sentido, creo que el concierto de Martha Argerich fue un hito en la historia de la cultura de Buenos Aires. Un público que seguramente nunca hubiera podido ir al Teatro Colón a escucharla. Y eso la conmovió, lo sé. Estaba muy contenta. Sin duda estos inicios son más que auspiciosos para la Argentina. Es difícil construir una buena política cultural, pero creo que los argentinos nos merecemos lo mejor.

 

—Sobre todo, como usted dice, pensando en un público que muchas veces no puede acceder a ciertos espectáculos por razones económicas.

—La verdad es que se trata de un público muy distinto el que asiste a ver un espectáculo cuando es gratuito. Es un público mucho más fogoso, entusiasta y popular que aquel que suele ir al teatro San Martín o al Cervantes. Eso me conmovió mucho porque pude percibir muy claramente la diferencia y era fantástico. Imaginate ¡el monólogo de Molly Bloom de Joyce! que uno pensaría es algo de lo más difícil de leer del siglo veinte y tal vez toda la historia de la literatura. Pero la gente se reía muchísimo con Molly. Era fantástico. Quiero decir que no había ningún renunciamiento a nada estético ni actitud pedagógica en bajar ningún nivel, ninguna concesión.

 

—¿Cómo piensa la intervención del arte con respecto a las problemáticas de género?

—Las cuestiones de género estuvieron presentes en muchos de los trabajos que realicé, como por ejemplo "Antígona" de Sófocles, "Medea" de Eurípides o "Macbeth" de Shakespeare, por nombrarte algunos. En estos días justamente estoy ensayando "El don" en el Teatro Nacional Cervantes; una obra que tengo el honor de que Griselda Gambaro la haya escrito para mí. Está basada en el mito de Casandra, una vieja que predice y nadie le cree. Los trabajos realizados sobre género son algo que llevo en mi corazón con todo el compromiso que implica.

 

—¿Cree que hubo un cambio en la visibilidad de esta problemática con el correr de los años?

—Los treinta años de democracia trajeron, en todas las áreas y en todos los aspectos de la vida cultural del país, cambios, beneficios y nuevas escenas. Por ejemplo hacer "Eva Perón en la hoguera" en los años noventa, bajo la dirección de Iris Scaccheri, fue una gran experiencia. Yo me imaginaba que el fantasma de Eva volvía y se encontraba con esa Argentina de la rifa y lo impune. Era un fantasma furioso, claro. Ahora son otros tiempos; pero si bien hubo cambios uno siempre piensa en todo lo que falta. En ese sentido fue muy importante la movilización bajo la consigna "Ni una menos", por ejemplo. La violencia de género es una problemática que no está para nada resuelta. Nos falta mucho camino por recorrer. En lo personal saldré a la calle cada vez que sea necesario.