entrevista

"En La Plata, la cultura se reproduce sola"

"En La Plata, la cultura se reproduce sola"

Ricardo “Mono” Cohen, más conocido como Rocambole, es el creador de la estética visual de una de las bandas más populares y consagradas del rock nacional: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Artista plástico, diseñador, historietista, pionero de la animación en la Argentina y docente, en los últimos años también estuvo vinculado a la gestión cultural. Entre 2004 y 2006, fue vicedecano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Y a fines de 2014, fue designado director del Centro Cultural Islas Malvinas de esa ciudad.

Este último año se ocupó, además, de promocionar su libro “Rocambole: arte, diseño y contracultura”, que recopila, en más de 200 páginas, textos, ilustraciones, pinturas, aerografías, bocetos, fotografías y material inédito, como resumen de su amplia trayectoria. “Desde la edición del libro, todo fue bastante vertiginoso para mí. Empecé a transformarme en una especie de estrella de rock”, bromea Cohen, quien recibe al equipo del Ministerio de Cultura en su taller de trabajo, en La Plata, ciudad en la que reside desde niño.

 

—¿Cómo surgió este proyecto editorial?

—Siempre tuve el sueño guardado de editar un libro con aquellas imágenes que trabajé durante tantos años. No siempre hay una voluntad específica o una propuesta para hacerlo, pero esta vez algunos amigos del ámbito de la producción gráfica me pusieron contra las cuerdas. “Vamos a hacer el libro y vamos a hacerlo ya, porque si no, no lo hacemos más”, me dijeron. Ahora algunos sitios de internet permiten gestionar un financiamiento previo de cualquier proyecto; era el momento de aprovecharlo. Así, a través del sitio argentino Panal de Ideas, que cuenta con un sistema que los norteamericanos llaman “crowdfunding”, colgamos el proyecto en la red y empezaron a aparecer los activistas, que son una especie de socios de proyecto, y así se pudo financiar de manera fácil. Entonces me entusiasmé. Nos tomamos un año de trabajo para seleccionar imágenes; y después convoqué a algunos amigos para que se ocuparan del texto, porque no quería que el libro fuera solo de imágenes, una tras otra, como un catálogo.

—¿A quiénes convocaste?

—Los textos principales los hicieron “Los tres Migueles”: Miguel Grinberg, Miguel Cantilo y Miguel Rep. Y hay músicos de rock, como Diego Boris, que está vinculado al Instituto Nacional de la Música (INAMU); hay un poeta, Horacio Fiebelkorn; periodistas de rock, como Oscar Jalil; críticos de arte, como Natalia Famucchi; gente vinculada a la producción gráfica, como Carlos Mammini. Y también hay palabras de algunos amigos, como Skay Beilinson o “La Negra” Poli: ella aportó algunos textos de poesía que le pareció que tenían que ver con el asunto y Skay, alguna reflexión.

 

—¿Qué respuesta recibiste del público al presentar tu libro por el país?

—Por suerte, después del lanzamiento, empezaron a invitarme desde distintos lugares para hablar del libro. Eso nos venía de perlas, porque, como es una producción independiente, no teníamos una gran estructura para la distribución. Este año estuve en Caleta Olivia, en Puerto Madryn, en muchos lugares de la provincia de Santa Fe, de Entre Ríos, en Jujuy, en La Rioja, en Catamarca, en el Gran Buenos Aires, y un par de veces en Montevideo. La respuesta siempre es muy buena y cariñosa. Más allá de los “ricoteros” –para quienes cualquier cosa que tenga relación con la banda es algo que siempre quieren atesorar–, se acercan muchos diseñadores y artistas plásticos. En general, el recibimiento es fantástico.

 

—La tarea de seleccionar estas imágenes debe haber sido como armar una muestra retrospectiva. ¿Qué reflexiones te dejó?

—Cuando empecé a buscar material para el libro, lógicamente, comencé a destapar algunos arcones. Encontré dibujos y trabajos. A algunos desechados les volví a tomar cariño y a otros consagrados los empecé a detestar. Entonces, hice una reselección y rescaté algunas cosas que había hecho en otro tiempo y que me parece que adquirían dimensión y valor en el presente. Me sirvió para hacer una reflexión de vida. Fue como volver a andar unos caminos donde uno ya estuvo y tomarlos desde otra perspectiva. Me resultó bastante interesante. Quizá haga otro emprendimiento editorial el año que viene; tengo por lo menos otros dos proyectos.

 

—¿Qué importancia le das a la historieta en la conformación de tu estética?

—Le debo muchísimo a la historieta. Aprendí a leer, a descifrar las letras, con ella. Desde chico amé la historieta y copié a historietistas de toda clase, y eso está fuertemente ligado a las imágenes que hago. En algún momento también tomé prestadas estéticas de anarquistas y socialistas, porque me atrajeron, además, desde el punto de vista ideológico. Me gustó representar un mundo donde había una serie de desigualdades. Así aparecen esos personajes, como diría el poeta, desangelados.

 

—¿Existe una escuela de dibujantes argentinos?

—El dibujo en la Argentina es pocas veces valorado, pero nuestros dibujantes son apreciados en todo el mundo. Hay muchos historietistas que tuvieron que emigrar porque la industria editorial del género en el país devino en baja, y, sin embargo, en otros lugares, como en Francia, la historieta sigue viva. Conozco muchos dibujantes argentinos que trabajan allí, en Inglaterra, en España. De hecho, los mejores dibujantes del mundo son argentinos. Uno de ellos es Carlos Alonso. O Luis Scafati. O los famosos afiches de la CGT de Ricardo Carpani, que en su época me conmovieron y me influenciaron una barbaridad. O el viejo Alberto Breccia, que fue realmente un maestro.

 

—¿Cómo ves la actualidad cultural en La Plata?

—Algún comentarista, con cierta exageración, dijo que había más arte y cultura por metro cuadrado en La Plata que en otras grandes capitales. En parte es cierto, porque es una ciudad universitaria, donde confluye mucha gente que viene a estudiar. Entonces, funciona una rica comunicación entre jóvenes, y eso hace que se produzcan eventos de toda índole, y que los veamos a diario transitando no solo por el centro de la ciudad, sino también por los barrios. Además, últimamente, aparecen espacios culturales espontáneos, independientes. Quizá algunos jóvenes estudiantes alquilan una casa, una casona de esas antiguas en la ciudad, y entre varios la pintan, la arreglan y montan un espacio cultural donde se hacen exposiciones, conciertos, teatro, todo tipo de actividades. No son bares, sino verdaderos espacios culturales, sin fines de lucro. Y eso es fantástico. La cultura se reproduce sola. Lógicamente, es mejor cuando hay apoyo institucional, pero muchas veces, por lo menos en La Plata, ni siquiera necesita ese apoyo para aparecer.

 

—En tus épocas de estudiante de Bellas Artes, en los años 60, integraste la comunidad “hippie” llamada La Cofradía de la Flor Solar, que hoy sería un espacio cultural.

—Era otro escenario, pero también muy densamente cultural. En esos tiempos, no teníamos el nombre de centro cultural o espacio cultural, sino que eran casas tomadas donde había música, discusiones, mucho intercambio de ideas. El origen de la Cofradía fue un grupo que desertó de la Escuela de Bellas Artes, porque la vida para algunos estudiantes politizados se había vuelto difícil después del golpe militar de Onganía, en 1966. Los militares habían prohibido todo tipo de actividad política, habían cerrado los centros de estudiantes, y en nuestra Escuela habían clausurado el comedor universitario, que era algo muy importante para aquellos estudiantes que venían del interior. Entonces, lo primero que hicimos fue un comedor paralelo. En realidad, nuestra idea era mucho más ambiciosa: queríamos hacer una universidad paralela... Estuvimos alrededor de un año con eso, después todo decantó. Finalmente, lo que más quedó, porque quedó registrado, fue el disco que grabó La Cofradía de la Flor Solar, uno de los primeros donde se cantó rock en castellano. Fue el inicio de la historia del rock nacional.

 

—También fue el comienzo de tus trabajos con el arte de tapa de los discos.

—En esa época, cuando empezamos a pensar que el rock se podía cantar en castellano y que podía trasmitir poesía, también comenzaron las discusiones acerca de qué era hacer un disco, y que implicaba también ocuparse de la parte estética. Los Beatles habían marcado bastante el camino en ese sentido. A fines de los años 60, se editó “Revolver”, que tenía unas maravillosas ilustraciones de Klaus Voormann, y el gran golpe lo dio “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, que estaba ilustrado por el diseñador Peter Blake, que había hecho un “collage” fantástico para la tapa. Era un placer escuchar la música mientras uno miraba el envase. Había unidad entre diversas disciplinas.

 

—¿Y cómo siguió esta tarea?

—Diez años después, para la época de Los Redondos, ya estaba muy claro eso de que el mensaje iba a estar incompleto si faltaba alguna de las patas. O sea que había una pata musical, una pata poética y otra pata de arte visual. Pero yo no me planteaba traducir visualmente lo que las letras decían o lo que el clima musical sugería; pretendía aportar algo al mensaje. Muchas veces se pensó que los mensajes eran herméticos, pero terminaron siendo aceptados y entendidos. Hoy en día es difícil pensar en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desvinculando la música o la poesía del arte visual.