entrevista

"El Conurbano es tan desproporcionado que no se puede contar desde el realismo"

"El Conurbano es tan desproporcionado que no se puede contar desde el realismo"

Durante trece años, Juan Diego Incardona se dedicó a la venta ambulante para subsistir. De esa época surgió su primer libro, “Objetos maravillosos”, publicado en 2007, donde contaba sus experiencias caminando las calles y plazas de Buenos Aires. Hoy, el escritor nacido en Villa Celina en 1971 participa en actividades de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), coordina un ciclo de cine en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi), de las Madres de Plaza de Mayo, y dicta talleres literarios para adolescentes y adultos. “Son distintos laburos que me permiten vivir —dice—. De un tiempo a esta parte me convertí en un changarín cultural”.

El gran cambio en la vida de Incardona llegó con la publicación de su celebrado “Villa Celina”, en 2008. Algunos de los cuentos de este libro se habían publicado en “El interpretador”, la revista digital que fundó en 2004 junto con algunos compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “Me di cuenta de que algunas cosas pequeñas, muy sencillas, también pueden tener mucha potencia narrativa —sostiene el autor de “Amor bajo cero”—. Algo que transcurre con tus amigos, con tu familia, en tu barrio, puede ir a parar a un libro y emocionar a otros”.


—¿Encontraste tu verdadera voz en esos relatos?

—Comenzó de un modo autobiográfico, con mi anecdotario, y después la Villa Celina del libro se despegó un poco de la Villa Celina de la realidad, y eso se convirtió en mi universo literario. Para mí, como escritor fue una gran oportunidad, porque no es tan fácil encontrar un universo personal. Y me permitió escribir cuatro libros: “Villa Celina”, “El campito”, “Rock barrial” y el último, que se va a publicar en breve, “Las estrellas federales”. Todos buscan historias nuevas y recurren a diferentes procedimientos. De hecho, de un mundo más realista como es “Villa Celina”, en otros libros, como “El campito” o “Las estrellas federales”, hay ciencia ficción o un registro fantástico, pero siempre con un anclaje muy referencial en esta zona de La Matanza.

 

 

—Varios autores surgidos del Conurbano bonaerense, como en tu caso, también se valen de diferentes géneros para construir su universo literario.

—Sí, esto es algo que no solo me pasa a mí. Lo que noto es que muchos de los escritores que venimos del Conurbano —como Leonardo Oyola, Leandro Ávalos Blacha, Félix Bruzzone y Mariana Enríquez— despegamos del realismo para contar estas historias. Y en un momento vamos al policial, al fantástico, a la ciencia ficción, al cómic, a la aventura. El Conurbano es algo tan exuberante y desproporcionado que no podés contarlo desde el realismo, no hay mímesis posible. Y por eso lo mágico surge como herramienta para narrar algo muy difícil de contar. En lo particular me interesa, porque en mis libros ya aparecen mutantes, monstruos, y es como condensar oníricamente algo de lo simbólico. La literatura, con su libertad, logra alcanzar algo que tiene que ver con un espíritu de época, algo que está flotando y va más allá de los hechos.

 

—En alguna oportunidad, comentaste que los mutantes que aparecen en “El campito” son también un símbolo de los años 90, cuando empezó a cambiar la realidad en varios sectores industriales, como Villa Celina. ¿Podrías explicarlo?

—Es algo que tiene que ver con la imaginación, pero que se basa en una observación de la realidad. Me acuerdo que en la década de los 90, cuando se cerraban compulsivamente las fábricas, mi viejo se quedó sin laburo y muchos vecinos también. Todo el lugar mutó. Si el tipo que fue tornero durante 30 años se queda sin trabajo y se convierte en remisero, está mutando toda su forma de vida. Ojalá que no volvamos a eso, porque fue trágico para la comunidad.

 

—¿Qué lugar ocupó el arte en esa época?

—Fue una época en la que no había militancia política, a diferencia de los años 70 o de lo que pasa ahora, que muchos jóvenes participan activamente en alguna organización política. En los 90, la militancia se sublimaba a través del arte. Era un tiempo de apatía, de mucho desinterés por la política. Fue entonces cuando apareció fuertemente el rock barrial, el teatro o el circo callejero. Había una movida contracultural de los jóvenes que estaban sobreviviendo. Yo empecé a vivir de la venta ambulante, me hice artesano y vendía anillos. También era un mutante.


—¿Los ciclos de lecturas de poesía surgieron en ese momento?

—Entre todo lo que se daba contraculturalmente, la poesía fue una punta de lanza. Los ciclos aparecieron porque era imposible publicar. Internet, que arrancó a finales de los años 90, no se había masificado todavía, no existía esto de publicar en un blog. Entonces, ¿cuál es la forma más barata de publicar, la más antigua? La oralidad: los antiguos frente a un fogón contando un cuento. Vos escribís algo y lo publicás oralmente frente a otras personas. Los ciclos de lectura fueron la forma de resistencia de la poesía sobre todo. Luego, la narrativa tomó la posta, ya que, tras la crisis de 2001, se produjo el fenómeno de las editoriales independientes y la autogestión.

 

—¿Por qué te interesó participar en “Leer es futuro”, la serie de nueva narrativa que impulsó el Ministerio de Cultura de la Nación?

—Es una colección genial, porque sale de un ministerio, del Estado, pero parece una publicación independiente. Es un libro objeto, con ilustraciones de jóvenes dibujantes, en un formato de avanzada, con una impronta propia del under. Me acuerdo que cuando Teresa Parodi era la directora en el ECuNHi, ella nos remarcaba su interés por lo alternativo, por lo under. Había ido varias veces a la FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestiva), le encantaba esa experiencia.

En esta colección publiqué dos cuentos inéditos, dos relatos largos que van por afuera de Villa Celina, y fue una buena oportunidad para darlos a conocer.

 

—¿En qué consiste el trabajo que hacés con la Conabip, que este año te entregó el premio “Amigo de las Bibliotecas Populares”?

—Fue un gran honor recibir este premio, porque le tengo mucho cariño a la gente que trabaja con la Conabip. Es una red muy federal y muy antigua, que fundó Sarmiento y se remonta al siglo XIX. Hoy aglutina más de 2000 bibliotecas populares. Es muy interesante trabajar con ellos porque ahí se da un cruce muy tangible entre la literatura y el trabajo social, con la gente y con la comunidad. De algún modo, es una militancia de la literatura de base, porque las bibliotecas populares cumplen una función para el arte y la cultura muy territorial. Muchas veces he leído para la Conabip en los lugares más insólitos, en una esquina, en un barrio, en una escuela, en una cárcel o en una cancha de bochas, con un público que no es de la literatura. Ahí uno tiene que demostrar esa vocación por contar historias, por narrar, por transmitir algo.


—¿Qué es el karaoke literario?

—Es el último hit de la Conabip. Lo armamos hace dos años para el Encuentro Federal de la Palabra, que se hace en Tecnópolis. Es como un karaoke de canciones, pero con cuentos y poemas de literatura argentina: la gente elige un autor y lee el texto en voz alta. De hecho, algunos cantan, porque hay letras de canciones, de María Elena Walsh, por ejemplo. Es una gran actividad de promoción de la literatura. Funciona muy bien y la gente se engancha. Y este año armamos un karaoke rockero con letras de temas de rock nacional. La idea no es tanto cantar, sino leer y rescatar las poéticas del rock. Tranquilamente, podría hacerse en el futuro con el folklore o con el tango, porque el cancionero popular argentino tiene mucha poesía.

 

—Tus relatos también llegaron a los internos del complejo penal de Florencio Varela. ¿Cómo fue esa experiencia?

—Muchas veces me pasa, y es algo milagroso para mí enterarme de que en las escuelas o en las universidades leen mi libro “Villa Celina”. En una escuela muy particular en Florencio Varela, que está dentro de una cárcel, el profesor también les dio a leer a sus alumnos los cuentos de “Villa Celina”. Ellos se sintieron muy identificados con estas historias, porque muchos también vienen del Conurbano. Luego se les dio una consigna para que escribieran una redacción y cada uno armó un relato sobre su propio barrio. Escribieron cosas buenísimas, después juntaron plata entre todos, lo mandaron a una imprenta y armaron un libro autogestivo, que se llama “Historias rescatadas”. Algunos cuentos son hermosos. Obviamente, tienen una escritura bastante amateur, pero no por eso carecen de emoción. Y el libro me lo dedican, dice que está basado en el libro “Villa Celina”, de Juan Diego Incardona. Para mí, eso es extraordinario, es como si hubiera ganado el Nobel de Literatura.