Ruido en las salas del museo

24 de mayo de 2016 Arte

Hasta el 12 de junio podés visitar la muestra “Interferencias en la Colección Bellas Artes”.

Por Bettina Barbieri

No hay guía. La única pista es un plano de la planta baja del edificio con flechas y los nombres de doce artistas: Pablo Siquier, Cristina Piffer, Feliciano Centurión, Mónica Millán, grupo Mondongo, León Ferrari, Jorge Gamarra, Daniel García, Teresa Pereda, Santiago Porter, Juan Carlos Romero y Clorindo Testa. El recorrido es libre y la interpretación corre por cuenta del visitante. Fernando Farina y Santiago Villanueva, los curadores de “Interferencias en la Colección Bellas Artes”, presentan de este modo una lectura del arte argentino de 1990 y la primera década de 2000, en cruce con la parte del acervo permanente del museo que abarca desde la Edad Media hasta el siglo XIX.

Los resultados son inquietantes e intransferibles: un retrato de Rodolfo Fogwill convive con esculturas de Auguste Rodin, una instalación de Piffer hecha de carne frente a “La vuelta del malón”, una luna metálica de Ferrari cuelga entre obras de arte europeo de los siglos XVII al XIX. Son piezas en soportes diversos que no estaban exhibidas y que, hasta el 12 de junio, interpelan en distintas salas el relato cronológico del Museo Nacional de Bellas Artes.

“La idea fue tomar algunas obras referenciales de los años 90 y 2000, y vincularlas con artistas de otras generaciones, que por entonces no eran jóvenes pero que dan un aire de época más amplio y complejo”, explica Villanueva sobre esta muestra de arte contemporáneo “pensada como forma de celebrar los 25 años de la Feria arteBA”.

Es que la Fundación arteBA donó al museo dos de las obras exhibidas en “Interferencias…”: “0110”, una pintura de Siquier de 2001, y “Senda Patria”, instalación de Piffer realizada en 1999. Junto con ellas, también se presentan al público en esta muestra otras piezas recientemente incorporada a la institución que dirige Andrés Duprat. Ellas son “Picnic a orillas del río Paraná” (2007), instalación textil y sonora donada por Millán, y “Sin título” (1994), un óleo sobre frazada de Centurión, cedido por su familia; además del cuadro de Fogwill que Mondongo compuso con hilo y otorgó en préstamo para la ocasión.

La exhibición se completa con “Luna”, una esfera de acero de Ferrari; “Fósil II”, escultura de granito negro y bronce que Gamarra realizó en 1999,

“Gran remordimiento”, una tela de tres metros de ancho que García pintó en 1998; “El libro de las cuatro tierras”, la caja compuesta por Pereda en 1998; la fotografía en blanco y negro de 127 milímetros “#25”, tomada por Porter en 1996; los afiches de Romero “Desocu” y “Extinc”, de mediados de los 90; y “Estoy muerto”, autorretrato en acrílico sobre tela que Testa trazó en 1994. Todas ellos ya integraban la colección del museo y ahora vuelven a encontrarse con el público.

Se trata de un conjunto heterogéneo, sobre el que Farina sostiene: “Buscamos no caer en el estereotipo de lo que se dice respecto de los años 90; quisimos poner todo de manifiesto: hay obras políticas, más light, más decorativas, algunas que cuestionan los soportes y otras que no lo hacen. Eso es lo interesante”.

Lecturas en juego

Para Villanueva, lo que la interferencia logra es “cortar con la linealidad con la que el visitante recorre una sala, mediante una obra de otro momento histórico, de otra región y geografía que pueda despertar alguna lectura nueva”.

Algunas de estas interferencias se integran a la museografía: uno puede pasar por delante y no advertirlas, apunta el joven curador y lo ejemplifica con la obra de Centurión. “Ciertas vertientes de los años 90 trabajaron y cuestionaron el concepto de lo decorativo y lo kitsch, que estuvo en vigencia y discusión entre los artistas, y creo que Feliciano está dialogando con esta tradición francesa heredera de la colección Santamarina (la sala donde se exhibe su obra) y se integra desde una distancia temporal que discute con esos modelos”.

Otro es el caso del trabajo de Piffer, ubicado en la sala que alberga a la Generación del 80 en la pintura argentina, con lienzos emblemáticos como “Sin pan y sin trabajo”, de Ernesto de la Cárcova, o “La sopa de los pobres”, de Reynaldo Giudici. “Se trata de una obra que tiene 15 años y está hecha con placas de matambre disecado, que se transforma en un charque, metidas en un encofrado perdido de acrílico relleno con resina poliéster, dispuesta sobre una chapa de acero, que remite a carnicería o mesada de morgue”, explica la creadora de “Senda Patria”. “Son obras que tienen más de cien años de distancia unas de otra, que trabajan y discuten temas que pueden ser próximos, pero, en lo formal, generan una disrupción en la sala”, fundamenta Villanueva el juego curatorial. La artista aprueba la locación elegida: “La historia es para mí un tema de trabajo permanente, que me preocupa, más allá de las materialidades que utilizo. En este espacio, la obra se activa y dialoga con otras concepciones de la historia”.

Paisaje fantasioso y colorido habitando entre cuadros de arte barroco, la instalación de Millán −nacida en Misiones− aporta a la sala los sonidos del Paraná. En 2002, advertida de que la represa Yacyretá alteraría el paisaje ribereño para siempre (cinco kilómetros de costa ya quedaron sumergidos), la artista armó dos expediciones a remo por sus aguas y grabó el ambiente sonoro. Años después, tejió al crochet las flores, los tallos, la vegetación baja y la manta con hongos que componen este “Picnic a orillas del río Paraná” idílico. “Siento que esta interferencia mueve al público −considera la autora, para quien es 'fundamental' que la obra haya pasado a manos de un museo público como el Bellas Artes−. El proyecto me parece enriquecedor: las obras entran en interacción y hay un diálogo que es bueno para las dos épocas, porque las piezas de otros siglos, al verse con algo contemporáneo, se actualizan, y a las nuestras las coloca en otro lugar”.

“Fósil II”, la creación de Gamarra, forma parte de acervo del Bellas Artes desde su donación, en 2007, y “ahora le tocó salir de nuevo”, bromea el artista. En esta muestra, está rodeada de maestros de la pintura y la escultura francesa del siglo XIX. “La obra es como un granito que, al abrirse, al romperse, se encuentra, en vez de con un fósil real, con un cincel de bronce y, del otro lado, la huella o impronta que éste ha dejado”, explica.

En ese mismo espacio −una de las primeras salas a las que se accede desde el hall de entrada del edificio− y en compañía de esculturas fundamentales de Rodin, también encontró su lugar el impactante retrato de Fogwill confeccionado por Juliana Laffitte, Manuel Mendanha y Agustina Picasso, el trío original de Mondongo. “Es un placer total para nosotros exponer en este museo, al que veníamos de pequeños a aprender”, celebran Laffitte y Mendanha, actuales miembros del grupo. Cuando el escritor vio su rostro pintado con hilos de colores, “lo primero que vio fue su enfisema, pero estaba contento con la obra”, cuentan los artistas, para quienes el autor de “Los Pichiciegos” fue uno de sus mentores. “Es una obra que tenemos colgada en medio de nuestro taller hace años; para nosotros, es una presencia viva”, confiesan y agregan: “Estamos en proceso de donar la obra al Bellas Artes, nos parece que es el mejor lugar para este cuadro”.

Fotos: Soledad Amarilla