Rosana Guber: "La guerra es una actividad netamente cultural"

28 de junio de 2016

La investigadora del CONICET ofrecerá una charla sobre Malvinas en el ciclo "Voces y Miradas"

Investigadora del CIS-IDES/CONICET, directora del Centro de Antropología Social del IDES (Instituto de Desarrollo Económico y Social) y de la Maestría en Antropología Social IDES-IDAES/Universidad Nacional de San Martín, Rosana Guber plasmó sus búsquedas y sus hallazgos en tres libros sobre Malvinas: De chicos a veteranos (2004/2010), ¿Por qué Malvinas? (2001), y Experiencia de halcón (2016). El próximo miércoles participará del ciclo “Voces y miradas” con la conferencia Malvinas: guerra y cultura material aeronáutica, sobre la cual conversamos para Experiencia Cultura.

–Según se desprende de tus libros, Malvinas no sólo dejó muertos y heridos, sino una trama de artefactos ligados a ese episodio. ¿En qué consiste esa trama?

–Esa trama se fue desplegando a través de mis investigaciones, y mis investigaciones tienen que ver con las personas. El problema es que estamos acostumbrados a concebir a la persona como “humano”. Sin embargo, “el humano” en el contexto de una guerra, puede ser absolutamente nada. Generalmente, va a la guerra por lo menos con un fusil. También, alrededor de un cañón. Y puede ir a bordo de un barco. Además, están los humanos que van adentro de algo que vuela o pueden volar ellos mismos, cuando resultan eyectados. Así, el humano que va dentro de un avión monoplaza (que es con los que trabajé en mi última investigación, los A-4B, un tipo de avión de caza), está completamente encastrado. Entonces, la persona es “el humano” más el avión, es decir, es una persona castrense y, en este caso, aeronáutica. Se trata entonces de un medio en el que el humano solo no puede estar, que requiere una serie de mediaciones para que el humano pueda vivir, actuar, hacer la guerra. Entonces, la persona no es solamente humana: está asociada y depende de artefactos. Un caso de artefacto es el del avión.

–¿Qué otro tipo de artefactos configuran esa cultura aeronáutica?

Están los objetos que empiezan a aparecer en los lugares de muestra, de archivo, de memoria, de cada ex combatiente. No me refiero sólo a los soldados, sino a todo aquel que estuvo en Malvinas y guarda objetos que le hacen acordar a, o que testimonian esa presencia. Después están las cosas que dejaron los que estuvieron y ya no están. Son elementos que recuerdan a esa persona y que alguien entregó. Están aquellos otros elementos que las personas que participaron recuperaron o se llevaron de allá como muestras de que actuaron contra un enemigo. Por ejemplo, las banderas británicas que, en ese contexto, no sólo son símbolos sino que se convierten en objetos de guerra, en trofeos. 
Hay además una extraña fauna que se dedica a reproducir en escala y con materiales muy maleables, los artefactos grandes convirtiéndolos en artefactos chiquitos. Por ejemplo, los aeromodelistas o los modelistas navales que reconstruyen escenas de combate como si fueran maquetas para niños. Los aeromodelistas ensamblan las partes y luego le hacen los cambios de cada avión. No de cada tipo de avión, sino de cada avión “real”, con su propia matrícula y su propia trayectoria. Es decir que ese avión termina individualizado: ya no es un A-4B sino que es el C-222 que hizo tal y cual cosa. De alguna manera, el aeromodelista se transforma en biógrafo de ese avión. Con lo que ese artefacto recupera mucha más vigencia todavía: se convierte en un objeto vivo, con historia.

–Lo que describís es la manera en que se configura la cultura: el sujeto humano actuando en un entorno comunitario, manifestándose y constituyéndose a través de artefactos. Salvo que los artefactos de la guerra sirven a la destrucción.

–La guerra es una actividad netamente cultural. La guerra no la hace ninguna especie más que la humana. Puede haber muerte de congéneres en otras especies. Pero la organización social y material para extinguir congéneres es propia de los humanos. Entonces lo que hay es un vasto espectro de cultura material aplicada a la guerra. Lo mismo hay en todas las civilizaciones: los campos de batalla son sitios arqueológicos. Las puntas de flechas son rastros de culturas, de grupos humanos.

–Dentro de esa colección, ¿qué tipos de artefactos identificaste?

–Hay distintas escalas de objetos: desde un avión hasta un pedazo de fierro, un trozo de ropa, un escudo. En realidad, la trama se establece en el rearmado de la guerra pero en tiempo de paz y tras varios años. De manera que esos objetos no siempre están asociados a los mismos sentidos y, por otro lado, no siempre cuentan la guerra de la misma manera. Esto se puede rastrear, por ejemplo, cuando se exhibe un avión en un lugar público. En general, los aviones que se desactivan, los que sobrevivieron no sólo a la guerra sino también a los accidentes durante los ejercicios en tiempo de paz, se destinan a determinadas unidades donde quedan emplazados como monumentos. Cada una de las unidades militares que participaron de la guerra de Malvinas tiene su colección de objetos en los museos de las brigadas, en las bases, en las escuelas militares. Allí hay cuadros, láminas, maquetas, cartas, banderas, proyectiles, fotos, escudos.

–Tu último libro, Experiencia de Halcón, hace foco en la actuación de los escuadrones aeronáuticos durante la guerra de Malvinas. ¿Por qué te interesaste en esos pilotos?

–Desde que empecé a investigar la guerra de Malvinas me interesó lo que se decía de la Fuerza Aérea, que fue la gran victoriosa de la guerra. Los pilotos argentinos fueron muy homenajeados por los británicos y, por cierto, fueron muy letales, pese a la desigualdad tecnológica. Este último tramo de mi investigación respondió a una propuesta de Antonio ‘Tony’ Zelaya (uno de los pilotos sobrevivientes), que quería recuperar su experiencia y la de los que quedaron allá. A partir de su interés, inicié una investigación antropológica sobre el tema. Lo que encontré y lo que realmente me interesó fue el evento de una fuerza que va a la guerra sin haber podido entrenar ni tener armamento para combatir contra una flota, por una división de jurisdicciones con la Armada que data oficialmente de 1969 y, seguramente, desde más de una década atrás. De manera que los pilotos de la Fuerza Aérea llegaron al escenario aeronaval sin tener la menor idea. Sabían volar. Tenían muchísima experiencia en vuelos sobre tierra, pero no sobre el mar. No tenían instrumentos de navegación que son los que te indican dónde estás. Entonces mi pregunta fue: ¿cómo se hace experiencia sin tenerla y en una situación bélica, con costos humanos y materiales?

–¿Cuáles fueron tus conclusiones?

–Un punto es la improvisación. Una de las acepciones de “improvisación” que da la Real Academia es carrera rápida al éxito. Otra, hacer algo sin saber. Y otra, un acto de creación. Esto conecta con lo anterior: ¿qué noción tiene uno de experiencia? No sé si se aplica a todo el género humano, pero sí hay conceptos desde los cuales se puede discutir la experiencia, en este caso, la de los Halcones de A-4B. Aquello que se presenta como inexplicable en toda guerra y, en Malvinas en particular, referido a los pilotos que fueron los protagonistas de las acciones más espectaculares, porque eran a todo o nada. La gente decía “son kamikazes”. Los primeros en decirlo fueron los británicos porque recordaban la guerra del Pacífico. Sin embargo, los kamikazes no eran pilotos que se querían inmolar por el Emperador, tal como difundió la Armada Imperial Japonesa. Prácticamente no había oficiales entre ellos. Eran estudiantes japoneses entrenados para morir. Estudiantes que dominaban lenguas (latín, alemán, inglés, francés, español), que leían a los filósofos occidentales, que escuchaban a Beethoven, a Mozart, a Wagner y los entendían. Es decir, que ni los kamikazes eran lo que se dice que eran, ni los argentinos eran kamikazes. La gran perplejidad entonces fue: si la guerra había sido una improvisación, si fue la guerra de un borracho (aunque la guerra nunca la puede hacer una sola persona), ¿cómo y por qué estos pilotos hicieron lo que hicieron?
Al tratar de entender esa perplejidad aparecían respuestas, a nivel popular, como que se inmolaron por Jesucristo, por la patria, o que eran héroes que llevaron a cabo acciones sobrehumanas. A lo largo de mi investigación traté de buscar la dimensión humana de esas acciones. El aprendizaje: el hacer experiencia de la inexperiencia. ¿Cómo la hicieron? Desde adentro de los hechos, involucrándose. Eso es exactamente lo que pasó.

–¿Quiere decir que la improvisación fue decisiva?

–Veámoslo así: a pesar de que los ingleses tuvieron que improvisar y lo hicieron muchísimo, se dice que eran los que tenían todos los medios tecnológicos y, por lo tanto, el dominio racional de la guerra. Mientras que nosotros éramos, supuestamente, los que no teníamos experiencia, los pasionales, comandados por un general borracho. Entonces, cuando los argentinos hablamos de nuestra guerra, nos exotizamos, nos ponemos del lado irracional. La verdad es que cuando se miran los resultados, la cosa no es tan clara. Es obvio que los ingleses ganaron la guerra, pero no la ganaron, solamente, por los medios técnicos. También es cierto que los argentinos actuaron racionalmente y que las irracionalidades no siempre fueron desaciertos. Con lo cual sería interesante empezar a considerar lo racional y lo irracional en ambos lados.