Migraciones, cultura e igualdad

17 de septiembre de 2011

Migraciones internacionales e internas, derechos e integración fueron algunos de los conceptos abordados en la mesa de debate.

Migraciones internacionales e internas, derechos e integración fueron algunos de los conceptos abordados en la mesa de debate que compartieron el antropólogo argentino Alejandro Grimson y la investigadora salvadoreña Amparo Marroquín Parducci, con la moderación del periodista Carlos Gabetta, durante el IV Congreso Iberoamericano de Cultura.

Parducci, que es jefa del Departamento de Comunicaciones y Cultura de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en El Salvador, historizó los procesos migratorios en su país: “Uno de cada cuatro salvadoreños vive fuera de El Salvador, y siete de cada diez jóvenes quieren irse, para hacer país desde otros lugares. Como se ha dicho, la ciudad más grande de El Salvador es Los Ángeles. El mío es un ‘país en fuga’, que se reinventa en cada frontera a cuentagotas”, definió. “Cuando los deportados regresan, no hay final feliz, porque continúan siendo maltratados; y, como traen nuevas culturas, la reflexión cultural es la clave del tema”, explicó luego la salvadoreña, especialista en el estudio de las migraciones, las violencias y la construcción de identidad.

En su exposición, enumeró cinco lecciones sobre las personas migrantes. Sostuvo que hay que revisar las grandes narrativas sobre la identidad del migrante. “La sociedad salvadoreña exalta la posibilidad de irse y de enviar remesas, pero condena la explotación”, analizó. También observó que, en los medios de comunicación, el maltrato hacia el migrante en tránsito es tan generalizado que se volvió “noticia de relleno”. Al respecto, agregó: “La criminalización por parte de la sociedad expulsora es una trampa cada vez más frecuente; se cree que la culpa de la violencia viene de los deportados, pero lo que se requiere es un proceso de dignificación”. A la vez, Parducci invitó a reflexionar sobre qué es lo que constituye a una cultura como auténticamente local, y se refirió a la necesidad de “construir raíces móviles que, aunque profundas, no nos impidan caminar”.

A su turno, Grimson, que es decano del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín e investigador del Conicet, examinó críticamente doce supuestos expandidos sobre el tema, para desarticular sentidos comunes vinculados a la manera de pensar los procesos migratorios.

“No hay que confundir migraciones con migraciones internacionales”, dijo el doctor en Antropología respecto del primer “equívoco”. “Tampoco se deben confundir las migraciones internacionales con los movimientos desde el sur hacia el norte, porque no siempre el norte es el polo receptor; los procesos que no involucran al norte representan un tercio de las migraciones contemporáneas”, ilustró. Tampoco se debe suponer que estamos en la “época de las migraciones”, aclaró, y dijo que esto es un problema de “cronocentrismo”, que lleva a pensar que el tiempo propio es el más sorprendente de la humanidad. “Y no es cierto que la llegada de mucha gente implica problemas más grandes; el tema no es la cantidad, sino la política de recepción y de envío de los inmigrantes, el lugar que ocupan en la estructura productiva; así como la estigmatización y su ilegalización para acallar las demandas sociales y laborales”, explicó sobre el cuarto equívoco.

Al definir el quinto lugar común, Grimson diferenció migración de pobreza, porque “muchos migrantes ascienden económicamente en los países de destino”. El sexto equívoco –afirmó– es “suponer que la gente se mueve con su cultura”, lo que se relaciona con el séptimo, “identificar la migración con la diáspora –definida como todo desplazamiento territorial con cultura e identidad–, porque hay migraciones que son diaspóricas y otras que no lo son”.

En octavo término, el antropólogo y docente sostuvo: “Es un error creer que existe migrantes de segunda generación: el descendiente de un migrante no es un migrante, de lo contrario, todos seríamos migrantes de alguna generación. Esto es una construcción social que congela el carácter de extranjería del hijo de un inmigrante”. Y, como explicó luego, es erróneo suponer que a mayor tiempo de residencia es más completa la integración, porque “esto depende de las políticas, los derechos y las dinámicas culturales de la sociedad receptora”. En décimo lugar, diferenció transnacionalización de translocalismo, y luego subrayó que es inexacto postular que todo sistema migratorio plantea un encuentro entre dos culturas.

En el final de su presentación, advirtió sobre el riesgo de asumir el discurso que supone que solo los nativos tienen derechos. “Tenemos la necesidad de rediscutir la noción de democracia en función de los procesos migratorios; debemos plantear como desafío futuro que la democracia es una decisión que germina entre aquellos que viven juntos, más allá de su origen, para, así, socavar las desigualdades constitutivas del capitalismo contemporáneo”, concluyó Grimson.