La Zaranda: "El teatro es la pasión llevada al límite"

24 de agosto de 2016 Teatro

La compañía española presentó la obra El grito en el cielo en el Cervantes y continúa su gira por Argentina

Vinieron por primera vez a la Argentina en 1987, y de inmediato se produjo el flechazo. A partir de ese momento, año de por medio, La Zaranda, Teatro Inestable de Andalucía la Baja viene a presentar sus obras. “La Argentina siempre ha sido muy hospitalaria con nosotros. Es de los lugares en que se nos espera y eso es muy gratificante. En Buenos Aires tenemos grandes amigos, es una de las ciudades que ha cruzado nuestra vida y le tenemos especial cariño”, dice el dramaturgo y escritor de El grito en el cielo, Eusebio Calonge, junto al director de la compañía, Paco de la Zaranda.

Cercano a cumplir cuatro décadas haciendo un teatro con lenguaje propio, el grupo español continúa explorando el potencial de los objetos en la puesta en escena, afinando sus textos y jugando con una arquitectura de la estética en donde cada pieza –luces, música, objetos, vestuario, letra, cuerpo y alma– se encastra con las demás a la perfección.

Después de diez presentaciones en el Cervantes, en Buenos Aires, El grito en el cielo –interpretada por Celia Bermejo, Iosune Onraita, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez siguió su gira por la ciudad de Santa Fe y ahora se dirige a Rosario, Córdoba y Jujuy.

La obra muestra el destino de cuatro ancianos que, en el ocaso de sus vidas, fueron depositados en un aséptico y bien publicitado geriátrico para esperar lo inevitable. Con una rutina que consiste en pasar de una tratamiento paliativo y sin sentido a otro, e ingerir un cóctel de pastillas y sedantes, pasando por ejercicios físicos y una suerte de actividad artística para estimular la memoria y la imaginación, los actores ponen sobre el escenario, sin tapujos, la realidad de la vejez y de cómo la trata el mundo.

Con escenas cargadas de emoción, imágenes poderosas y un humor chespiritesco, la obra dejan al descubierto los negociados de la salud y la enfermedad, el mercado de la vejez y de la muerte: los vendedores de parcelas en los cementerios, las funerarias, el servicio de entierro, el religioso, los vendedores de flores, de cajones, la inscripción de la lápida, las lloradoras profesionales para que el difunto nunca se sienta solo.   

En el medio de toda esa parafernalia, el grupo de ancianos, al que los medicamentos no pudieron convertir en momias vivientes, se embarca en una empresa que saben difícil de lograr: la de conquistar la libertad fuera de esas paredes.

–¿Cómo nació La Zaranda?

–P.dlZ.: Nació de unas ganas tremendas de expresarnos a través del teatro. El teatro era para nosotros, todo. Y era lo que queríamos hacer. Todo eso, con el tiempo, ha ido tomado otras dimensiones y otras formas. Uno ha ido creciendo hasta tal punto que, nosotros que queríamos hacer teatro, nos dimos cuenta en un momento de que era el teatro el que nos hacía a nosotros. Y en eso andamos: en que ya no hacemos teatro, es el teatro el que nos hace.

–La Zaranda es una compañía que se distingue de las demás. ¿Cómo definirían el teatro que hacen?

–E.C.: Indefinible.

–P.dlZ.: De ninguna manera.

–E.C.: Los lenguajes no se buscan, uno empieza a hacer teatro y lo hace con las situaciones cotidianas de la vida, y de pronto empiezan los periodistas a decirte que tienes un estilo, pero eso no se pretende, eso sale. Y ya llega “el zarandismo” y el no sé cuánto. Cuando eres joven, necesitas ponerte la ropa de otro porque sabes muy poco y siempre te quieres parecer a alguien, es lógico. Hay que elegir bien a los maestros, eso es muy importante. Entonces, como todo el mundo, nosotros también hemos tenido maestros. Nada nace de la nada. Hasta que llega un momento en el que ya no necesitas eso, que ya tu lenguaje se ha depurado y empiezas a contar lo que verdaderamente tú ya eres, te copias a ti mismo.

–¿Y quiénes fueron sus maestros?

–P.dlZ.: ¡Uy, muchos!

–E.C.: Los vais dejando por la vida. No se trata tampoco de nombres propios. Tu propia vida es lo principal.

–P.dlZ.: Los maestros no solamente son maestros de teatro, son maestros de arte, de la vida, de muchas cosas.

–E.C.: Te van enseñando muchas veces hasta cosas que no te gustan, te pueden enseñar qué no quieres hacer.

–La Zaranda se define como una compañía teatral que intenta escapar a la lógica del mercado. ¿Cómo logran eso en una sociedad que está totalmente atravesada por el mercado?   

–P.dlZ.: Al mercado hay que entrar a comprar lechuga, patatas, carne...

–E.C.: Yo creo que lo que se quiere decir con eso es que, desde el momento de tu propia creación, lo único que quieres es expresarte y hacer teatro. Para mucha gente, el primer enfoque es la taquilla y eso a nosotros nunca nos ha interesado. Luego, por supuesto, estás en el mundo donde estás. Tú también comes y también tienes que vivir. Pero no es lo prioritario, yo creo que eso se da por añadidura, buscas comunicar otro tipo de cosas. Cuando pones el punto de vista en lo que vas a ganar, en el arte es como traicionarte a ti mismo, de alguna manera.
P.dlZ.: Si empiezas pensando en el dinero vas mal porque por ahí no se puede empezar. El dinero es a posteriori.

¿Cómo surge El grito en el cielo?

–E.C.: Aquí hay dos vertientes: hay “cómo surge”, que en el teatro siempre es desde las conversaciones, desde las ideas, desde las emociones que uno atesora para llevar; y luego el “cómo empieza a surgir” en los ensayos, que fueron en Venecia, porque la Bienal nos propuso que fueran abiertos. Entonces fue un alumbramiento verdaderamente muy curioso porque nunca lo habíamos hecho así. Empezar a crear ya con público es una cosa insólita, rara, y en un marco como la Bienal de Venecia era todo un riesgo que se corría. Pero, a la vez, si no hay riesgo esto se vuelve muy monótono. Así que esos fueron los inicios. Y luego, los inicios emocionales están, como siempre, en lo que vas viviendo, qué dolores van cruzando tu vida. En este caso, el paso del tiempo que empiezas a ver alrededor tuyo, en los familiares más próximos. Está ese mundo de la vejez, ese mundo que se quiere apartar para que nadie lo vea en la sociedad, el mundo de las residencias. Están todas las metáforas que hay en cada uno de nosotros, aunque seas muy joven. Todo eso se va confabulando y así, al cabo de los ensayos, va dándose un río que es esa obra. Explicarla es estropearla. Y aparte es muy complicado porque nuestro teatro parte mucho de la imagen, de lo visual, no solo de lo óptico sino de lo que te impregna al contemplarla.

–Que la Bienal les haya propuesto, por primera vez, hacer los ensayos abiertos, ¿fue un modificador de lo que surgió después en El Grito en el Cielo?, ¿cómo fue esa experiencia?

P.dlZ.: Hubo un descubrimiento muy importante ahí. Nosotros hemos estado siempre muy encerrados en los ensayos, porque hay dos cosas fundamentales a la hora de estar creando: el silencio y la soledad. Si de pronto te ponen a trabajar y el público entra, sale y demás, tienes que estar muy preparado para que ese silencio y esa soledad vengan a ti, a pesar de que estés rodeado de gente. Entonces, cuando nos proponen esto, era un reto, pero también es verdad que llevamos muchos años ya de encierro, por lo cual fue una experiencia bastante positiva, en el sentido en el que uno es capaz de encontrar ese silencio y esa soledad en medio de la gente.

–¿Cuáles han sido las repercusiones? ¿Qué recibieron del público?

E.C.: Es que el público es cada persona, cada espectador. Cada uno recibe lo que en ese momento su vida permite que le llegue.  

P.dlZ.: Es muy difícil, tú no puedes tratar al público en general. Porque lo que vamos haciendo lo dirigimos a cada espectador.

E.C.: El público es una masa, pero se compone de muchos seres y a cada uno tu trabajo le puede decir de un modo distinto, más en el caso nuestro que tiene muchos niveles de lectura y cada espectador lo puede captar de una manera radicalmente diferente. Entonces hay un resultado que lógicamente te llega y te dice que vas bien. Yo supongo que si estamos aquí es porque esto ha funcionado.

¿Cómo es el público argentino?

–E.C.: Muy pasional. Con un buen criterio, está muy bien orientado al teatro. Es espontáneo, también. Quizás el público de España o de otras partes es más frío. El argentino es racional pero al mismo tiempo muy epidérmico. Te da mucho.

–P.dlZ.: Aquí se vive con pasión casi todo, y el teatro, que es un reflejo de casi todo, es la pasión llevada al límite.

–¿Se sienten como en casa, en la Argentina?   

–E.C.: No es que nos sintamos como en casa, es que estamos en casa. Después de tantas veces, de tanto tiempo, si contamos todos los meses de temporada que hemos pasado por aquí, han sido ya años de nuestra vida. Hemos vivido tanto aquí que ya venimos a los bares que conocemos, a ver los amigos que conocemos. Los periodistas ya son parte de la familia a esta altura.

–P.dlZ.: Ha habido periodistas, que ya se han jubilado, que llevaban 30 años haciéndonos notas. Cada vez que veníamos nos hacían una entrevista. Nos tomábamos un café y nos contábamos la vida.

–Ustedes trabajan mucho con el uso simbólico de los objetos. ¿Cómo se les ocurrió utilizarlos para fortalecer la puesta en escena? ¿Qué es lo que les brindan los objetos?

E.C.: ¿Tú sabes lo que son los juguetes para los niños? Eso son los objetos para nosotros. Son compañeros del viaje. Nada está gratuitamente encima del escenario, no hay ningún objeto que no venga a participar del juego establecido, de la ceremonia que podemos ofrecer. Así como el actor necesita una transformación para pasar de persona a personaje, el objeto necesita pasar de lo que es cotidianamente a otro plano de símbolo. En definitiva, forma parte del elenco. ¿Cuántos actores somos? Pues, los que somos, más los objetos. Ahora utilizamos bastante menos que antes, pero hubo un tiempo en que utilizábamos muchos.

–Eusebio, en una entrevista, vos dijiste que uno no elige los temas o los personajes, sino que hay ciertos personajes que te visitan cuando escribís, y que el fondo temático aparece en la superficie. ¿Cómo es eso?

E.C.: Eso es cuando escribes, cuando ensayas y cuando actúas. Todo es un encuentro. Tú empiezas a escribir, pero si no hay algo que viene a tu encuentro va a ser una cosa técnica, fría, y no te va a sorprender. El personaje, al fin y al cabo, es lo que perdura; si una obra de teatro permanece en el tiempo, es por el personaje. Si Shakespeare sigue perdurando no es por su estilo literario, ahí perduraría como poeta, sus sonetos, pero si permanece vigente su teatro es porque fue capaz de hacer unos personajes que propagan su silencio más allá del tiempo. Quiero decir con eso que hay un modo infinito de hacer con cada actor, son tan ricos que no podría haber dos Hamlet iguales. Aunque, técnicamente, sea el mismo texto, cada actor que lo interprete lo va a hacer de un modo distinto. Eso se da cuando, verdaderamente, el personaje es más poderoso que el autor. ¿Quién es más poderoso ya, Hamlet o Shakespeare? Dicen los eruditos que no se sabe si existió Shakespeare, si fueron varios, etcétera. En cambio Hamlet, tenemos la constancia de que está ahí. No hace falta ni subirlo al escenario. Está vivo en el libro porque lo sentimos y es muy poderoso. Igual que eso, si el personaje no te busca a la hora de escribir, difícilmente va a salir al escenario.      

–¿Y con los temas también sucede así?

E.C.: Con todo es igual. Es lo que va cruzando tu vida. Yo nunca trazo ni diseño nada, simplemente tienes que esperar el tiempo suficiente para que vengan cosas a ti y saber a quién ofrendar la obra, eso es muy importante.

–¿Y existe la posibilidad de que si no viene hacia vos, vos puedas ir al personaje?

–E.C.:Por supuesto, siempre son puentes. Si la inspiración no viene, tú tienes que construir. Es decir, no hay una obra tan pura que el cien por cien sea inspiración. Pero tienes que tratar que, por lo menos, se de como un relámpago. El relámpago te da cierta orientación, te indica hacia dónde tienes que ir, es una claridad de un segundo. Es eso. No va a ser más. A partir de ahí tienes que trabajar.

–¿Tienen ya un próximo proyecto entre manos?

–E.C.: Sí, hay algo. Buenos Aires siempre nos ha servido para eso, por eso esa vinculación tan especial. De aquí siempre nos llevamos un botín importante de ideas para encarar lo próximo. Y eso también hace que la relación sea de ida y vuelta: no es solo lo que aquí vamos a traer, si no lo que nos vamos a llevar. Venimos a robar ideas, cosas (no físicas).

–P.dlZ.: Pero las volveremos a traer sobre los escenarios.