Hilda Herrera: “Yo sufría cuando mi profesora de piano no me dejaba tocar música popular”

09 de junio de 2016 Música

La pianista es una figura consagrada en la escena internacional. Fue amiga de Atahualpa Yupanqui y versionó a Gardel. Conocé su historia

“En casa no había piano. Me lo compraron a los cinco años cuando comencé a tomar clases con una profesora de Buenos Aires”. Así empieza el relato que Hilda Herrera, una de las más prolíficas pianistas argentinas, hace sobre su vida. Gracias a esa profesora, la Señorita Dolly, quien se mudó a Capilla del Monte, Córdoba –el lugar donde nació y creció Herrera–, en búsqueda de un clima más amigable para la tuberculosis de su marido, fue que se produjo el primer contacto entre el piano y la artista. Antes de posar por primera vez las manos sobre las teclas, la única referente musical había sido su madre, que cantaba tangos. “Era una cantora simple, pero con mucho sentimiento”, dice.

Herrera estudió piano con la Señorita Dolly hasta los 13 años. “Aunque era una profesora muy adelantada para su época, yo sufría porque no me permitía que tocara música popular, que era lo que a mí me gustaba”, recuerda. En esa etapa prematura, “la nena” –como se la conoce– ya estaba definiendo su relación con la música.

El acercamiento al folklore

Más tarde, mientras continuaba sus estudios en la Ciudad de Córdoba, empezaron a llegar las primeras oportunidades laborales. “Muchas veces me ofrecieron trabajar como concertista, pero siempre me negué. Quería tocar mi música, nuestra música argentina, y seguir componiendo”. En esa transición entre la infancia y la adolescencia, tuvo un acercamiento al mundo del bolero, muy en auge en aquellos años. “Hice una cantidad de boleros por pedido de mis compañeras de colegio, todas me pedían que escribiera algo y yo no me negaba. Me decían ‘la Chopin’”, dice entre risas.

Su acercamiento definitivo a la música folklórica argentina se produjo cuando conoció al pianista Adolfo Ábalos: “No podía creer cómo tocaba, y el grupo que formaba con sus hermanos era extraordinario. Tanto me gustaban que con mis propios hermanos armamos un cuarteto donde ellos tocaban la guitarra y yo, el piano”.

No todo fue sencillo en esos primeros años de carrera. La de mujer y pianista no era una fórmula fácil. “Me rechazaron una infinidad de veces, por el solo hecho de ser mujer. O me decían que tocaba como un hombre, que sonaba igual a Ariel Ramírez. Nunca dejé que me afectara, pero me trajo muchos dolores de cabeza”, cuenta.

Otra de las barreras que encontró a la hora de ir a golpear puertas fue que le pedían que tocara junto con otros músicos, cuando ella quería ser solista. “Siempre me querían meter una guitarra y un bombo, pero no accedí. Mi respuesta final era: ‘Yo toco sola’”.

El primer disco y la docencia

En 1962, cambió su suerte: la contrataron en la antigua LT8 de Rosario, para hacer un programa de una hora todas las semanas, donde tenía que tocar en vivo. “Vivía en Córdoba, así que iba dos veces al mes y grababa varios programas. Me encantaba porque tocaba el piano sola en un estudio y vaya a saber cuántas personas estaban escuchando del otro lado”. Fue, justamente, uno de esos oyentes anónimos –dueño del sello Trova, donde grabó Piazzolla– quien se interesó y la contrató para hacer realidad su primer disco, que incluyó su famosa “Zamba del chaguanco”, grabada por muchos artistas y popularizada en la voz de Mercedes Sosa.

Aquel vinilo, al que llamó Al calor de la tierra, incluía tres temas de Chacho Müller, poeta rosarino, pero sin letras “porque era la época del proceso y todo estaba muy controlado”, dice Hilda. En ese momento, paralelamente, empezó a desarrollar su otra ocupación: la docencia. “Comencé a dar seminarios por todo el país. Es algo que me gusta hacer, me nutre escuchar y aprender de mis alumnos”. Desde hace más de una década, Herrera dirige el CIMAP (Creadores e Intérpretes de la Música Argentina en Piano).

Profeta en su tierra

Señales luminosas, su segundo disco, la tomó de sorpresa. Herrera estaba en París, a donde había viajado para dar unos conciertos. La escucharon los ejecutivos de una discográfica y la invitaron a grabar el mismo repertorio que tocaba en la gira, en sus días libres. “Tenía que elegir entre hacer turismo, porque era la primera vez que estaba en Europa, y grabar un disco. Elegí lo segundo, sin dudarlo”, dice.

Desde ese momento, los viajes a Europa se convirtieron en algo corriente. Ya lleva dada una infinidad de conciertos, clases y seminarios en diferentes países de ese continente. El reconocimiento en la Argetina, sin embargo, tardó en llegar: es recién por estos años que Herrera considera que lo logró. “Me ha costado muchísimo en la Argentina, todavía me parece mentira que sea reconocida por mi música”, asegura.

Es a la música argentina a la que Herrera le dedicó más homenajes. Su tercer disco, de hecho, está dedicado a Atahualpa Yupanqui. El músico era muy celoso de su obra y no permitía que nadie tocara sus temas en el piano. Hilda fue la excepción. “Le debo mucho. Lo que aprendí con él no se paga con todo el oro del mundo”, cuenta.

También fueron sus referentes Horacio Salgan, Polo Giménez, Adolfo Ábalos, Chacho Müller, Edgar Spinassi y Carlos Gardel, a quien define como “un dios”. Tanta admiración llegó a sentir por el “Zorzal Criollo” que con un dinero ahorrado, fruto de una gira europea, decidió darse un gusto y hacer un disco solo de Gardel en piano. “También fue un homenaje a mi madre que cantaba sus canciones en casa”, dice, con un dejo de emoción en sus ojos.