Gabriela Cabezón Cámara: “La docencia implica trabajar con las personas desde su mejor lugar, desde aquello que desean hacer"

02 de septiembre de 2016 Letras

La escritora, que dicta un taller en la Biblioteca Nacional, cuenta cómo ve la escena literaria argentina y habla sobre su proceso creativo

“Si querés usar humor y un par de voces, ¡dale!”. “Está buena esa idea, me gusta”. “Tenés que seguir con ese personaje”. Aunque tiene la voz partida por culpa de una bronquitis que la asaltó y le tomó la garganta, la escritora Gabriela Cabezón Cámara hace chistes, alienta y aconseja a los talleristas que, a pesar de la lluvia, el frío y el viento, fueron a escucharla a la Biblioteca Nacional.

Sus recomendaciones son claras y sencillas. Lejos del docente que habita su escritorio como un trono y habla como si estuviese encima de un pedestal, ella se sienta frente a los asistentes para verlos a todos y les habla de igual a igual. Su cabeza, mitad rapada y mitad con rulos, encaja con la actitud frente al mundo que va de la mano con su escritura. Su presencia y aire rebelde muestran la sabiduría de quien se dio cuenta de que no hay que cumplir con las expectativas de nadie y se tira a hacer la suya.

La rocker de la literatura, –autora de La virgen cabeza, Le viste la cara a Dios, Romance de la negra rubia y Beya– estudió Letras en la UBA y dice que nunca quiso hacer otra cosa que no fuera escribir. Le gusta leer y escribir novelas, y también disfruta de la docencia, con la cual se lleva muy bien. Ahora, es titular del Taller literario de la Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA, y coordina y dicta clínicas y seminarios, como el de Escritura para principiantes que desarrolla en la Biblioteca. “La docencia implica trabajar con las personas desde su mejor lugar, desde aquello que desean hacer, entonces te encontrás con lo más lindo del mundo”, asegura.  

–¿Cómo fueron tus inicios?

–Siempre supe que quería escribir. Curiosamente, tardé muchísimo en poder hacerlo. Recién logré terminar una novela cuando tenía 38 o 39 años. Empezaba las cosas y las dejaba, porque no tenía mucha fe en mí misma ni en que nada de lo que pudiera hacer fuera a tener alguna importancia. Después me di cuenta de que, generalmente, lo que hace nadie tiene importancia, entonces pude terminar una novela. Y tuve mucha suerte, porque apenas estuvo lista la llevé a Eterna Cadencia y ahí me dijeron “Dale, la publicamos”. A partir de ese momento, salió todo un poco más fluido.

–¿Cómo ves, en este momento, la situación de la producción literaria?

– Viene bien. Al taller se inscribieron 480 personas, que es una locura. Por supuesto que un taller no puede tener más de 20 o 25, y ya ese número es una barbaridad. Pero evidentemente hay una efervescencia. Yo veo mucho talento en muchos de los lugares donde doy talleres, y también he leído libros de jóvenes, tanto narradores como poetas, muy buenos. Creo que mientras la mano de la edición independiente se sostenga fuerte, lo vamos a notar.

–¿Hay algún escritor emergente que te guste, particularmente?

–Ahora se me ocurren poetas. Me encanta lo que hace Tom Maver, lo que hace Carlos Ríos, que dista mucho de ser un escritor inédito –tiene como 20 libros entre cuentos, novelas, poemas–. Es un chabón que vive en La Plata y que es un genio, que por ahora ha publicado con editoriales más bien chicas, tipo Entropía, Club Hem, y que en algún momento dará el salto a las grandes. Hay una poeta marplatense que se llama Luciana Caamaño, que es genial. Hay un motón de gente. Ahora se me ocurren estas personas. Conozco varias chicas, escritoras inéditas, que están escribiendo unas novelas impresionantes, como Carolina Cobelo, y creo que de ellas se va a hablar. Hay un chico que se llama Ariel Luppino, que es un genio, a mi juicio. Hay un montón de gente que está escribiendo cosas muy buenas.  

–¿Cuál es la propuesta de tu taller en la Biblioteca?

–El taller que yo doy es para principiantes, esto supone que es gente, como mínimo, inédita. Es difícil definir el estatuto de principiante porque cualquiera que desea escribir, seguramente, algo escribió. Es raro encontrar a alguien que te diga “Esta es la primera vez en mi vida que escribo un relato”.  Hay algunas personas que hacen eso y que les va bárbaro, una cosa no quita la otra. Lo que yo intento es que los talleristas produzcan textos, de modo tal que se empiece a notar algo parecido a una voz propia y explorar ese sentido, que a mí me parece lo más importante: la singularidad del autor. Después hay un montón de otras cosas, pero encontrando eso, todo lo demás se construye.  

–¿Se puede enseñar a escribir?

– Sí, claro. Se puede enseñar a escribir como se puede enseñar a actuar, a ser plomero. Yo creo que todas las personas pueden escribir correctamente. Después hay gente que tiene otro relieve, así como se enseña danza y no todo el mundo es Julio Bocca, pero todo el mundo puede bailar, seguramente.

–¿Cuáles son tus cinco tips a tener en cuenta, para alguien que quiere empezar a escribir?

–Detesto la palabra tips, me parece muy fea. Creo que para escribir, hay que escribir, no hay mucho más. Hay que juntarse con otras personas que también escriban, hay que leerse los unos a los otros, hay que leer mucho y nada más. Y perseverar en hacer algo que a todo el mundo le chupa un huevo. Nadie espera que vos escribas, el mundo sigue lo más bien si nosotros no escribimos. Yo creo que sigue mejor con nosotros escribiendo pero no es muy importante, no pasa nada. Entonces hay que hacer algo cuya práctica no tiene mucho consenso social y que no deja de ser un fenómeno contradictorio porque después ves que todo el mundo quiere ser escritor, entonces no entendés: nadie lee pero todo el mundo quiere ser escritor, es raro.

–En La Virgen Cabeza, Le Viste la Cara a Dios y en Basura, entre otros libros y crónicas, te adentrás en temas como la trata de personas, la violencia de género, la marginalidad y los padecimientos de las mujeres. A la hora de escribir, ¿siempre te inclinás por cuestiones vinculadas a esas problemáticas?

–Cuando escribí esa crónica (Basura) estaba muy enojada, estaba en llamas. Y en esos dos libros, sí, pero no siempre que me siento a escribir estoy comprometida con algo. No necesariamente me inclino por esos temas. Lo fue en esos casos. Puede ser cualquier otra cosa. Ahora estoy escribiendo sobre la vida de la mujer de Martín Fierro, un delirio. No tiene mucho referente en la realidad.

–¿Qué es lo que más te moviliza y te preocupa sobre esos temas?

–Supongo que lo que me produce mucha desazón es la naturalización de la desigualdad en términos de poder. A mí no me interesa que todo el mundo sea igual, que todo el mundo sea como se le cante, pero sí que se naturalice que determinada clase de personas tengan más poder que otras, eso puede ser varones más poder que mujeres, rubios que negros, o lo que fuera.

–¿Hubo algún hecho desencadenante que hiciera que te volcaras a escribir y a involucrarte con estos temas?

–El miedo más grande que yo tengo es estar inerme en manos de otro u otra. Yo no creo que la violencia sea exclusivamente de género. Sí creo que hay mucha violencia de género, pero no exclusivamente. Estar inerme en manos de otro o de otra, un ratito, mientras tenés ganas de estar así, es divino. Se llama sexo, a veces, y está bárbaro. Pero fuera de ese contexto y de esas prácticas, me hace sentir muy mal esa sensación.  

–¿Qué otras cosas te impulsan a escribir?

–En general tengo ganas de escribir, me hace bien. Estoy contenta cuando termino de hacerlo. Una lectura me puede impulsar a escribir, leer algo que me encante. Puedo levantarme con ganas de escribir. La forma en que la luz va cambiando durante el día me puede dar muchas ganas de escribir. Yo planté unos árboles hace unos años, y el otro día vi que uno de ellos, un sauce, tenía todas las hojitas chiquititas que le estaban creciendo desde la parte de abajo de las ramas, estaba divino. Eso también me da ganas de escribir. Y también puede ser algo que me enoje mucho, como el caso que me impulsó a escribir la nota esa para Anfibia. Pero también puede ser otro tipo de cosas. Un buen libro, en general, me da ganas de escribir, pero eso le pasa a todo el mundo, ¿no? A los que somos muy lectores. Querés poder contar algo con esa singularidad, con esa precisión, con esa música.

–Sobre estos temas tan fuertes escribiste textos de no ficción y también novelas. ¿Qué te resultó más difícil?

–Para mí, lo más duro de escribir en la vida fue Le viste la cara a Dios. Lo que me atravesó más el cuerpo, la cabeza, me generó mucho dolor.

–¿Hiciste algún tipo de investigación de campo? ¿Te involucraste con familiares de víctimas o con personas que pasaron por esa experiencia?

–No más que la de cualquier persona que está interesada en el tema. Seguía las notas, un poco, miraba la página de la Fundación María de los Ángeles, de Susana Trimarco, nada más. Yo no hablaría con personas que padecieron cosas de ese nivel de terror para hacer ficción, porque después las vas a traicionar. Porque en un texto de ficción siempre prima mucho la preocupación por lo estético. En un texto de no ficción, a mí, por lo menos, la preocupación por lo formal me es importantísima, pero también me es muy importante no traicionar a las personas con las que hablé y decir lo que ellas dijeron. Entonces, nunca haría entrevistas a la gente a la que le sucedieron hechos reales para hacer cosas de ficción.

–¿Hay algún género, en particular, que te guste escribir más que otro?

–Novela. Me gusta porque es el género más laxo de todos. En una novela cabe cualquier cosa. Yo tengo una preocupación fuerte por el tratamiento de la lengua que en la novela cabe también. Cabe una receta, cabe lo que sea, entonces está bueno.

–¿Tenés novelas favoritas y/o autores favoritos?

–Es muy difícil eso. En el último tiempo estuve leyendo mucha gauchesca, yo considero que el Martín Fierro es una novela. Cuando era chica me había roto mucho la cabeza Dostoyevski; me había gustado Cortázar, que ahora no me gusta necesariamente. Me gustan millones de novelas, me cuesta decir algunas en vez de todas. Tuve mucha, mucha lectura de La Ilíada y La Odisea, las podemos considerar novelas. Me encantan esos textos, me encantan los clásicos y las tragedias. Y también me gusta mucho la literatura contemporánea. La novela que salió ahora de Samanta Schweblin es divina, las de Selva Almada son geniales, la de Julián López es espléndida, la de Leo Oyola, Chamamé, es una genialidad impresionante.

–Y dentro de la novela, ¿leés variado o te gusta algún género específico: policiales, históricas, épicas, románticas, de terror?

–No. Yo leo novelas. Que se me ofendan todos. No me parece que se pueda clasificar un libro así. Es muy de mercado. Una novela es una novela. Si tiene una intriga policial, joya, y si sucede en el Renacimiento, joya también. Ya cuando viene calificada de antemano a mí me molesta.

–¿Tenés un método de escritura o algún tipo de ritual al momento de sentarte a escribir?

–No, trato pero no me sale. Intento levantarme todos los días a la misma hora y ese tipo de cosas. Pero soy muy anárquica, después no puedo. Tengo mucha tolerancia al fracaso, evidentemente, pero lo sigo intentando.

–¿Pensás que la disciplina, por llamarlo de alguna manera, sirve, o no necesariamente?

–No necesariamente. Pero a algunas personas le sirve. Hay gente que se concentra y entra en un estado casi de meditación, te das cuenta que escribe en trance. Pero no les pasa a todos. Cuando yo escribo todos los días hay algunas cosas que están buenas y otras que no.

–Se dice que sos una de las voces femeninas más influyentes de la literatura argentina contemporánea, ¿cómo te llevás con esa etiqueta?

–¿Quién dice eso? Qué gente amable. Deben ser amigos. Hay un montón de voces, de escritoras de la puta madre que lo parió: está Samanta, Mariana Enríquez, Selva, Alejandra Zina, Fernanda García Lao, por mencionar algunas. Estoy haciendo un corte generacional, entre 40/45 o 40/50, y hay una bocha más, te digo las primeras que se me ocurren. Por ahí es cierto, pero en el sentido en que nos encontramos en los mismos lugares, formamos parte de una misma banda. Con esas chicas, estoy.

 

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