Federico Lorenz: “El museo debe ser un lugar que permita poner en duda lo que uno sabe”

12 de septiembre de 2016

El director del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur habla sobre los desafíos de su gestión y su relación con las islas

En su segundo viaje a las Islas Malvinas, Federico Lorenz, historiador y ensayista y actual director del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, caminó los 14 kilómetros que separan Puerto Argentino de Cabo Pembroke. Era la primera vez que llegaba tan al sur. “Recuerdo la sensación de plenitud que me dio caminar hasta aquel faro. Recuerdo la tremenda sensación de estar ahí, parado en la orilla, muy absorbido por lo fría que estaba el agua”, dice ahora el autor de “Las guerras por Malvinas” y “Combates por la memoria”, entre otros, e investigador del CONICET. Ahí, en ese extremo austral de la isla, Lorenz encontró un dado tirado en la playa. “En ese momento, abstraído por el dado, levanté la vista y ahí estaba, un barco gris, un adefesio. Fue muy emocionante estar ahí, parado tan al sur, preguntándome qué habría más allá. En el camino de vuelta me encontré un autito de plástico, esos autitos de carrera de juguete. El mar va dejando cosas. Malvinas es un lugar hermoso, y esto es una idea que hay que hacerse, porque la guerra tiñe todo. Fue un descubrimiento: Malvinas, además de conmoverme, es un lugar muy lindo”, dice.

Desde enero de este año, cuando asumió como director del museo, Lorenz tiene el desafío de traducir la experiencia lejana de las islas y la guerra en una experiencia accesible para sus visitantes. “La idea central es aprovechar el envión que genera un museo nuevo para plantear otro tipo de discusión en relación al tema Malvinas y el Atlántico Sur. Nos interesa mucho la cuestión de la presencia humana en el Atlántico Sur y la posibilidad que nos da el museo de pensar la Argentina como país atlántico. Me parece que este último es un punto pendiente. De por sí Malvinas genera una profunda movilización, en general alimentada por la cercanía de la guerra. Por eso la intención es aprovechar esa movilización –en el mejor de los sentidos– para generar otro tipo de discusión: qué país nos imaginamos en relación con el mar. Creo que es necesario profundizar sobre el lugar de la Argentina en el Atlántico Sur. Otro de los ejes del museo es la idea de verdad”, plantea.

-¿Podrías ampliar esto último?

-Tenemos que entender que Malvinas fue parte de un proceso histórico más amplio. Quien visita el museo lo hace fundamentalmente movilizado por la guerra, pero la idea es poder pensar más ampliamente qué significa reclamar las Malvinas. Es necesario hacernos preguntas que son válidas todavía. En este punto es significativo que el museo esté ubicado en el predio del Espacio para la Memoria y los Derechos Humanos (Ex ESMA), porque tiene que ver con que traslademos a Malvinas herramientas que ya utilizamos para otros momentos de nuestra historia, incluso contemporáneos a la guerra.

-En términos de reclamo, ¿creés que las Malvinas volverán a nuestras manos?

-Creo que sí, aunque muy probablemente no lo vaya a ver yo en vida. Los docentes solemos ser utópicos por definición, no vemos el resultado de lo que hacemos. La posibilidad de que el museo pueda transformarse en un espacio en el cual actores con miradas disímiles se sientan habilitados para hablar, o sientan que les pertenece pero no en exclusividad sino socialmente, es lo mejor a lo que podríamos aspirar; y esto es un gran desafío. El museo no puede ser un catecismo, debe ser un lugar que permita poner en duda lo que uno sabe, eventualmente para mejorar los propios argumentos, y, si fuera el caso, para incorporar parte de “verdad” que uno previamente no pensaba. Esa es la apuesta y puede marear porque a lo mejor haya que descartar algo que se tenía como certeza.

-¿Cómo fue tu recorrido hacia Malvinas?

-Lo primero que diría es que de formación soy profesor de Historia. Como tal, siempre está presente la preocupación por hacer accesible el conocimiento. Malvinas fue inicialmente intentar saber una cantidad de cosas que desconocía. Nací en 1970, y entonces la guerra es prácticamente mi primer recuerdo histórico intenso. A tal punto que el primer libro que publiqué sobre Malvinas, “Las guerras por Malvinas”, lo hice utilizando los diarios que había guardado durante la guerra. Eran recortes como los que guarda cualquier chico de la escuela primaria. Con el tiempo descubrí que cuanto más se mete uno en un tema determinado, más se da cuenta de lo limitado que es lo que conoce. Tenemos una idea porteña de pensar la historia, alimentada desde los grandes medios a partir de una lógica porteño céntrica. A partir de mi trabajo con Malvinas entrevisté a excombatientes y advertí, por ejemplo, que en términos de experiencia los fueguinos no vivieron la guerra como los porteños, o que un soldado conscripto de un ambiente rural no la vivió igual que un soldado conscripto de un ambiente urbano.

-¿Qué otras facetas de Malvinas conociste a partir de su trabajo?
-Aprendí que hay una guerra por cada soldado que fue a Malvinas, y ahí entra la cuestión de la experiencia. Hay soldados que tuvieron malos oficiales, soldados a los que les tocaron buenos oficiales, soldados que pasaron hambre y eso está mal considerado, soldados que pasaron hambre y muchos lo consideran parte de la contingencia de la guerra. Conceptualmente, para mí hay una cuestión importante y es que aunque los excombatientes no lo hayan buscado con su sacrificio, en gran medida la democracia que hoy tenemos también se la debemos, paradójicamente, al sacrificio de ellos en Malvinas, que forzó una salida de otra manera de la dictadura militar.

-¿En qué medida los nuevos soportes tecnológicos facilitan la llegada a los distintos públicos?
-Los nuevos dispositivos son estratégicos; son el vocabulario y las herramientas que manejan nuestros hijos mucho mejor que nosotros. Al mismo tiempo, creo también que no hay buena herramienta si no hay un buen relato. Se debe poner un énfasis muy grande en lo que queramos contar, y ahí tenemos la ventaja de que las posibilidades tecnológicas que tiene nuestro museo nos van a permitir hacerlo bien. Se trata de la vieja pelea entre forma y contenido. Lo importante es lo que queremos contar; me imagino entonces que si logramos instalar esta idea de una Argentina marítima, con los soportes que el museo ya tiene, diría que va a ser un mecanismo muy eficaz de construcción porque son los medios y el idioma que los chicos ya manejan, pensando sobre todo en las generaciones más nuevas. Buena parte de eso lo tenemos.

-¿Cuál es tu rincón del museo?
-Tenemos un corte de mar que es una maravilla y es lo que más me gusta de este lugar.