“El BAFICI se ganó un lugar en la conversación internacional”

18 de abril de 2016 Cine

Roger Koza, jurado de la Competencia Latinoamericana del BAFICI, reflexiona sobre el festival, la tarea de programador y el estado del cine

Roger Koza es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI). Escribe en el diario La voz del interior y en las revistas Ñ y Quid. Su blog Con los ojos abiertos (alojado en el sitio Otros cines) se convirtió en la tribuna virtual, donde críticos y cineastas argentinos debaten sobre el cine contemporáneo.

Es programador del Festival Internacional de Cine de Hamburgo y del Festival Internacional de Cine de la Universidad Autónoma de México (FICUNAM). En 2014 asumió como director artístico del Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC).

Este año, por primera vez, es jurado oficial del BAFICI en la —también debutante— Competencia Latinoamericana: “Me parece una gran idea la de esta nueva sección. En líneas generales, hay un dogma del cine latinoamericano que se puede rastrear y comprobar: son siempre películas de la crueldad, o de la inversión de los salvajes crueles en salvajes benevolentes a partir del mito sociológico del ‘buen salvaje’”, dice Koza en el bar La Biela. “Hay muchas películas que están producidas, incluso, por festivales como Rotterdam o Berlín, verdaderas usinas de una poética cinematográfica latinoamericana, que, de algún modo, ha modulado el cine de nuestros festivales durante los últimos quince años. Lo que ha hecho el BAFICI en este sentido fue identificar películas pequeñas, que no provienen de esas factorías, que no están comprendidas en ese imaginario. Me parece que la idea es generar un contra canon o, por lo menos, apartarse del canon cinematográfico global latinoamericano”, dice sobre la importancia del BAFICI, que este año tuvo su inauguración por primera vez en el cine Gaumont Espacio INCAA Km 0.

 —Los festivales grandes como Cannes también tratan de capturar este tipo de cine. Pienso en Pablo Trapero, en Walter Salles, en Fernando Meireles. Incluso, en González Iñárritu.

—Efectivamente, en el concierto del cine internacional Berlín-Venecia-Cannes han identificado y consagrado a un conjunto de autores del cine latinoamericano. A los que acabás de nombrar habría que agregar: Lisandro Alonso y Lucrecia Martel, de Argentina. De Chile, Pablo Larraín. De Colombia, Ciro Guerra. Son los autores del cine contemporáneo, desde esa perspectiva. En algunos casos, son muy buenos cineastas. En otros, quizás, habría que plantear algunas dudas.

Naturalmente, hay una disputa en esos festivales por quién se apropia de ellos. No es un delirio pensar en esas disputas. Puedo decir que cuando uno de esos autores entra a un festival, se le dice, más o menos, como si fuera una mafia: “Vos sos de la familia”...

 Sos programador de FICUNAM y de Hamburgo, estás muy cercano al Festival de Cine de Viena. ¿Qué posición tiene hoy el BAFICI en el concierto de festivales independientes del mundo?

—El BAFICI ganó simbólicamente una importancia, sobre todo, desde la tercera edición en adelante. Después de su tercera edición ganó relevancia internacional, es indudable. Creo que entre la tercera y la octava edición, el BAFICI era uno de los festivales, fuera de los “A”, al que había que ir. Como para nosotros era ir a Rotterdam. Se ganó un lugar en la conversación. Hay que decir que Quintín, que fue su segundo director, le dio una internacionalización y fue muy inteligente al convocar a un conjunto de críticos, algunos programadores de festivales y directores que eran los que, en ese momento, discutían el cine contemporáneo. Y eso replicó, inmediatamente, en lo que vino después. (Fernando Martín) Peña sostuvo esa célula, perfeccionó el festival al introducir una perspectiva histórica sobre el cine que, acaso, le faltaba al BAFICI. Wolf mantuvo ese modelo y con Panozzo hubo un intento de innovar sobre lo que estaba.

 ¿En qué términos pensás esa innovación?

—La aparición de “Vanguardia y Género” como competencia es lo que a mí me parece el punto de inscripción de un cambio. Apareció una veta más pop. Es decir, Panozzo quiso sostener en tensión la tradición vanguardista del BAFICI —entre comillas: un cine para pocos—, con la incorporación del género, que es algo estrictamente popular —es decir, un cine para muchos.

Ahora llega Javier Porta Fouz que, me parece, va a expandir esta idea con dos decisiones importantes en la estructura de programación. En primera línea, darle a la Competencia de Derechos Humanos un estatuto como tal. Hasta ahora eran películas dispersas en otras secciones, que se reunían para el jurado y no para el público. Ahora el público puede seguir una competencia completa y eso implica una selección específica. Esa fue una decisión importante, incluso políticamente hablando. En segunda línea, la Competencia Latinoamericana.

Ahora bien, en los últimos años, y no creo que por responsabilidad de los directores en particular, el BAFICI perdió cierto interés en el extranjero. Se lo sigue mirando como uno de los grandes festivales del cine arte, continúa siendo un lugar donde uno puede encontrar cosas, pero de algún modo se normalizó en el imaginario general. También hay que decir que no ha habido ningún otro que ocupe el lugar del BAFICI. Es un lugar vacío y esto me parece que responde a un clima de época.

 Esta suerte de “agotamiento” del festival, ¿tiene su correlato en el agotamiento del cine?

—Al agotamiento habría que agregarle un fenómeno, dialécticamente inverso, que es la saturación de películas y de festivales. Hay también, quizás, un agotamiento de las poéticas o de los modos de creación de los cineastas. Festivales como BAFICI, FICUNAM o Valdivia reciben entre 1000 y 1500 películas. ¿Cuáles de esas 1500 son las que no replican los tres o cuatro modelos consagrados?

Como programador trato de identificar dónde hay células vivas. Cuando veo, por ejemplo, Branco sai. Preto fica, de Adirley Queiroz, digo esto es único. Cuando me encuentro con Cuerpo de letra, de Julián D'Angiolillo, identifico que ahí hay algo que no está en otros cineastas, en otras películas.

Hay, entonces, una situación compleja de fuerzas creativas, tecnológicas, económicas y culturales que llevan a un remolino. Y hay que meterse en ese remolino, donde todo parecería estar muriendo, para detectar en qué está el cine hoy o qué es el cine hoy.

 ¿Se puede revertir este agotamiento?

—Mi pregunta, en ese sentido, es: ¿habrá en la actualidad algún Pier Paolo Pasolini? ¿Habrá algún Rainer Wender Fassbinder? Ese giro modernista radical no lo veo y creo que es lo que más necesita el cine contemporáneo para conjurar el agotamiento.

Texto: María Iribarren

Fotos: Mauro Rico