Obras para mirar con otros ojos

16 de junio de 2016 Arte

El sábado 18 de junio se realiza una visita para ciegos en el Museo Nacional de Bellas Artes. Conocé la experiencia y acercate

Las yemas de la mano hábil, sobre el bronce frío. Ahí donde Auguste Rodin dejó su huella, ahora van los dedos, recorriendo los pliegos de un vestido de mármol, con la palma abierta hacia la trama de una tela. El cuerpo sigue la ruta del tacto y muestra hacia dónde se dirige la mirada hueca de un busto, o cómo lleva recogidos sus rizos la doncella. Es como un juego con la única prohibición de no tocar.

Hace seis años que Mabel Mayol, jefa del Departamento de Educación del Museo Nacional de Bellas Artes, ideó y conduce esta visita guiada para personas ciegas —adultos y chicos— o con baja visión. La propuesta de esta mañana de sábado es reconocer esculturas de mármol y bronce del siglo XIX, sembradas de detalles, y contrastar la experiencia con piezas del siglo XX, donde el manejo de los materiales y la forma imprime otros resultados estéticos.

Mayol, historiadora del arte que trabaja en el museo hace tres décadas, guiará la curiosidad de sus huéspedes del día: Irma, Gladys y Daniel, jubilados y disminuidos visuales. La primera prueba consiste en tocar con la mano desnuda un trozo de mármol y palpar las diferencias entre la piedra pulida y la superficie rugosa, sin limar. Durante el resto de la visita, en la que solo se trabaja con obras originales y en sala, se utilizan guantes de látex. Ni los restauradores pueden tocar las obras sin ellos.

Hace ocho años que Irma ve apenas bultos y destellos. Desde entonces, nunca visitó el Bellas Artes. Cuando perdió la visión, regaló los pinceles y el atril frente al que practicaba en sus ratos libres. Gladys, la mayor del trío, llegó acompañada de su nieta Camila, que apuntala su paso frágil y la anima a seguir. A Daniel le sugirió la salida una de sus compañeras del Instituto Joaquín V. González, donde estudia el profesorado de Historia.

“Trato de que el patrimonio del museo llegue a todos”, explica Mayol. “En el caso de personas con baja visión o ciegas —agrega—, la barrera es el desafío más grande, pero una vez superado, puedo contarles todo lo que quiero transmitir de igual manera que a los demás visitantes. Ese desafío me atrapa”.

En la sala que alberga la Colección Guerrico, la primera obra estudiada es el cuerpo entero de La Clarina, realizado por el italiano Antonio Tantardini en 1870. Mientras Mayol sostiene los bastones, el consejo es tocar la escultura con ambas manos, desde arriba hacia abajo, según el sentido de las agujas del reloj. Enseguida el grupo percibe el peinado antiguo, el vestido holgado, la textura de la tela —inadvertida para el vidente, que al mirar la pieza capta solo lo general—, la espalda descubierta y pulida. “Ustedes me hacen notar cosas que yo no veo”, los anima la guía, más entusiasmada en trasmitir el valor del arte que en la investigación.

Le sigue otra obra del mismo autor, Bañista sentada, en la que la dama se ha quitado el vestido y se cubre el pubis con parte de su manto. “Sigamos investigando para abajo”, propone Mayol, y el trío comprende que el pulido fino de la base representa el agua derramada a los pies de la mujer. Luego analizan el busto de José Manuel Guerrico, en el que detectan los párpados caídos, las pupilas del globo ocular, un lunar, una cicatriz, el paso de los años escrito en la frente. “Una señora que nunca vio me dijo el otro día: ‘Ahora sé lo que es un cuello palomita (por la camisa del retratado). Me lo habían descrito, pero tocar es otra cosa, otro conocimiento de la realidad’”, cuenta la docente y agrega que a quienes nunca vieron “les da mucho placer vivenciar las formas y tocar los materiales”.

 Del mármol al bronce

“No voy a sacar los dedos de ahí”, se ríe Gladys después de encontrar las huellas dejadas por Rodin en la arcilla original (luego fundida en bronce), de la obra Cabeza monumental de Balzac, de 1898.

“¿Qué percibiríamos si la imagen dejara de representar la realidad?”, plantea la guía al ingresar en las salas del primer piso del museo, dedicadas al arte del siglo XX. En Figura reclinada, formas externas, de Henry Moore, la silueta “hay que buscarla en el interior de la escultura”, asegura. Deducción mediante, el grupo pronto repara en las infinitas incisiones que tejen una trama sobre la arcilla. “Por la posición del torso y las líneas curvas parece una mujer”, aporta Daniel.

Finalizando el recorrido, Irma, Gladys y Daniel se paran frente a Hidroactividad H-13, creada por Gyula Kosice en 1965 y exhibida en la oscura sala de arte cinético, donde la iluminación solo emana de las obras. Mayol les describe la pieza, una media esfera con luces y agua en movimiento. “¿Qué les representa el sonido?”; “Una fuente, lluvia, una cascada, un río”, responden. Es una postal táctil y sonora de la Ciudad Hidroespacial.

“Pude participar no solo con la mente y con la palabra, sino con las manos. Lo que aprendí se interiorizó, y eso difícilmente se olvida”, dice Irma al terminar la visita. A su vez, Mayol agrega: “A veces, se acerca gente que perdió la visión y trata de rememorar visitas pasadas, pero muchas personas ciegas no se atreven a venir. La invitación es a animarse y sorprenderse con que también acá pueden encontrar algo interesante para apreciar. Lo importante es que sientan que hay otra manera de ver y que un museo de artes visuales también es para ellos”, concluye.

 Para agendar

La próxima visita se realiza el sábado 18 de junio a las 11.

Duración aproximada: 60 a 90 minutos. Acceso por rampa o escalinata con baranda hacia la puerta central de ingreso.