Conocé a las tejedoras que participaron en la Fiesta Internacional y Nacional del Poncho

01 de agosto de 2016 Diseño

La 46° edición de la fiesta tuvo lugar en San Fernando del Valle de Catamarca; estas son las historias de algunos de sus protagonistas

“Empecé a tejer porque la veía a mi mamá. Colocaba hilos en el peldaño de una escalera porque mi mamá no me dejaba usar el telar. Ahora, hago la manta tradicional del campo. La hilada es en huso o rueca y uso las técnicas del telar mapuche y el telar maría, que es un trabajo tosco, grueso, todo en lana de oveja. Los colores se buscan con las anilinas. Soy de la séptima región y la única tejedora que está quedando ya que las mujeres se dedican al trabajo de campo y ya no trabajan en el telar”, dice Irma Abrigo Plaza, artesana textil de la comuna de Teno, provincia de Curicó, Chile. Ella es una de los artesanas textiles que viajaron a San Fernando del Valle de Catamarca para la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho  –de la que cada año participan 700 artesanos y que convoca a más de 500.000 personas– para compartir su historia, escuchar la de otros artesanos y mostrar su trabajo. El poncho, una prenda de origen precolombino, fue adoptada por criollos e inmigrantes por su versatilidad y hoy vive un nuevo auge, en Argentina y en las pasarelas del mundo.

Irma Abrigo Plaza, artesana textil de la comuna de Teno, provincia de Curicó, Chile

Rosa Segovia de González es otra de las artesanas que viajó a Catamarca para la fiesta. Su especialidad es el poncho para’i de 60 listas, una técnica tradicional de Paraguay que en la que se utilizan hilos de algodón puro y que se caracteriza por 60 rayas blancas, que se intercalan con otras, generalmente negras. “Para hacer un poncho, cuatro mujeres tardamos entre 12 y 15 días. Trabajamos en tres telares diferentes, preparamos la urdimbre, la randa, colocamos los flecos, estiramos con los estantes, con las sillas, con los palitos cruces, con las palas, y ahí empezamos el telar”, explica Rosa. “Es un trabajo minucioso. Lo aprendí de mi mamá, cuando tenía 7 años. Terminé la primaria a los 11 y ahí empecé a tejer. El colegio estaba a 4 kilómetros de casa, era de noche y no teníamos luz eléctrica. Mis hermanos iban en bicicleta pero como soy mujer, la tercera hija de mis padres, mis papás no me dejaron estudiar. Me casé, tuve tres hijos y cuando la menor empezó el colegio empecé yo también. Me recibí de docente y ahora estoy en el tercer año de la licenciatura en ciencias de la educación”, sigue.

Ramón Gutiérrez, presidente de la Cooperativa Limitada Mesa Local de Laguna Blanca –única productora sustentable en manada de vicuña silvestre del país, integrada por 31 socios–, va un paso más atrás en el proceso: cuenta cómo es el proceso mediante el cual se obtiene la lana que después trabajan los artesanos. Los pobladores de Laguna Blanca realizan  dos veces al año el chaccu, un método de encierro que permite esquilar vicuñas, para después soltarlas y garantizar la reproducción del animal en libertad. “El origen del chaccu está en los aborígenes. Ellos arriaban, seleccionaban, pelaban a los animales y después los dejaban volver a su hábitat natural. Nosotros tratamos de copiar eso. Armamos módulos con alambrados, donde van a tomar agua y se quedan a pastar ahí todo el día. Por un mirador vemos qué cantidad de animales entró y cerramos el portón. En el medio del módulo tenemos una manga tipo embudo, las arriamos hasta ese lugar y ahí quedan encerradas un día. Al otro día, volvemos a hacer lo mismo para que entren otras vicuñas, siempre evitando que se golpeen. Al día siguiente armamos el corral, donde termina el embudo, y las carpas, y los artesanos esquilan a tijera manual, lo más rápido posible y se les pone una caravana en la oreja, con un número, para que, al año siguiente, podamos saber en qué año han entrado. Scamos la fibra y liberamos al animal de vuelta. Fuimos los pioneros en hacer este proceso en Catamarca y en el país con la vicuña silvestre”, explica Ramón. 

A la esquila sigue el tejido: “Hacemos todo artesanalmente, desde la extracción de las fibras que hilan y tejen los artesanos. Se sacan, se extienden sobre una mesa, se sacude un poco para que salga la tierra y de ahì se va sacando todo el pelito, el más grueso. Se selecciona el color entre marroncito oscuro, marroncito más claro, beige y blanco. Antes de hilar la fibra más finita se la envuelve en el puño y se hace girar al huso para torcer la lana, se utiliza el telar criollo para tejer tejidos tramados cien por ciento de lana de vicuña”.

Baldovina llegó desde Chile a Catamarca. Pisó por primera vez suelo argentino para mostrar sus productos en el stand “Hemisferio Sur” y contarnos su historia. Baldovina vive en la alta montaña, no sabe leer ni escribir y aprendió la técnica de tejido de un matrimonio argentino. Fue distinguida por la UNESCO como Mejor tejedora de Chile. “La técnica para hacer el ojito –un tipo de punto– me la enseñó una señora argentina, de Neuquén, que fue a vivir a Chile con su marido, un arriero. Vivía cerca de mi casa y fui a verla para que me enseñara ese trabajo. Hace más de treinta años que aprendí la técnica, que se ha perdido en la Argentina, y yo lo traigo desde Chile. El material que uso es lana de oveja, la tiño con anilina y la tejo en telar mapuche. Hago alfombras, baja camas, mantas. Yo vivo en la Cordillera y me cuesta mucho vender, entonces me sumé a la cooperativa Ruta de la Lana Manos del Pehuenche”, explica. La cooperativa a la que pertenece es una organización comunitaria formada por más de cincuenta artesanas, mujeres campesinas, cuya existencia se basa en economías de subsistencia, de la comuna de San Clemente (Región del Maule-Chile), para promover, difundir y preservar su patrimonio.

 Baldovina, de la cooperativa Ruta de la Lana Manos del Pehuenche

Herminia Maciel Martínez representa a los artesanos de San Miguel de las Misiones, Paraguay. Participó de importantes ferias artesanales nacionales e internacionales por sus ponchos Ovecha Ragu, realizados en lana de oveja hilada en huso y tejidos en telar criollo. “Nuestro trabajo está realizado en lana de oveja, teñido o al naturaly tejido en telar. El trabajo mayor lo hacen los hombres, ellos tejen en el telar y nosotras hacemos la terminación. Preparamos primero en telar las telas, luego cortamos o medimos los centímetros para hacer el producto. Aprendí a tejer hace 15 años, para acompañar a mi pareja”, cuenta Herminia.

Herminia Maciel Martínez, de San Miguel de las Misiones, Paraguay

Raquel Fernández, representante de Uruguay, dice acerca de su trabajo: “Empezamos hace poco tiempo en telar, una tradición que se estaba perdiendo en el campo. Trajeron diferentes cursos a nuestra zona, que es área protegida, de dónde sale la materia prima. A partir de ahí seguimos unidas diez mujeres, algunas trabajando en telar, otras en bastidores, otras tejen en dos agujas, al crochet y se arman diferentes prendas, desde una boina hasta una frazada y el poncho”.