Cómo fue el proceso creativo de "El ciudadano ilustre"

19 de septiembre de 2016 Cine

Los hermanos Duprat hablan sobre el film por el cual Oscar Martínez ganó el premio a mejor actor en el Festival de Venecia

Gastón Duprat es un célebre director y productor de cine y televisión que trabaja desde sus inicios junto a su coequiper, Mariano Cohn. Comenzaron su carrera en el campo del video experimental. Sin embargo, aunque sus obras fueron exhibidas en salas y museos de todo el mundo, su mayor trascendencia llegó de la mano del cine y la televisión. En la pantalla chica irrumpieron con Televisión Abierta (1999), Cupido (2000), Cuentos de terror (2001), entre otras creaciones. También fundaron Ciudad Abierta (2002), el canal cultural de la Ciudad de Buenos Aires que desarrolló conceptos innovadores sobre la comunicación masiva. En cine, son los creadores de: El artista (2008); El hombre de al lado (2009); Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011); Living Stars (2014); Civilización (2012) y, por último, El ciudadano ilustre (2016, ahora mismo en cartel).

Protagonizada por Oscar Martínez, El ciudadano ilustre cuenta la historia de Daniel Mantovani, un escritor argentino consagrado mundialmente con el Premio Nobel de Literatura. La obra que le mereció su éxito relata la vida y las costumbres de Salas, el pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires en el que nació y del que se fue hace 40 años rumbo a Europa. En el auge de su carrera, Mantovani recibe una invitación de la municipalidad de su lugar de origen: quieren nombrarlo Ciudadano Ilustre. Contra todo pronóstico, cancela su apretada agenda y decide ir.

El ciudadano ilustre fue la única película argentina seleccionada entre las 20 que compitieron por el León de Oro, en la 73ª edición del Festival de Cine de Venecia, uno de los más importantes del mundo. Allí se estrenó el sábado 3 de septiembre ante una sala colmada que la ovacionó de pie. Luego la emoción llegó de manos de Oscar Martínez, quien recibió el premio a mejor actor, en lo que fue la segunda vez en la historia del festival que se eligió a un actor de habla hispana en esta categoría.

El guion de este film –y de todos los de la dupla de directores–, es de Andrés Duprat (arquitecto, curador de arte, guionista y director del Museo Nacional de Bellas Artes), quien trabaja junto a Cohn-Duprat desde que se dedican al cine: La incursión empezó con la película El artista. Yo había hecho un guion que tenía que ver con mi mundo de curador de arte, de director de museos, que en realidad no era un guion sino mi visión de eso. Increíblemente, se lo mostré a León Ferrari –que era un referente muy importante para mí– y él me dijo una cosa muy inteligente (porque yo criticaba mucho el sectarismo de las artes visuales contemporáneas): ‘No escribas un ensayo, porque lo van a leer los mismos 200 que leen estas cosas. ¿Por qué no buscás otro lenguaje?’. Y ahí se lo mostré a Gastón y a Mariano, y les encantó la idea. Les pareció original el punto de vista, la idea de ocuparse del mundo del arte contemporáneo. Entonces, los tres juntos lo desarrollamos como guion. Así empezamos a trabajar. Y fue una experiencia lindísima porque no teníamos ninguna pretensión y terminamos ganando premios –fue una coproducción con Italia, se presentó allá y tuvo muy buen feedback–. Esa situación nos envalentonó para seguir. A partir de ese momento me empecé a exprimir la cabeza pensando guiones. Y justo tuve un episodio con un vecino, que es un poco lo de El hombre de al lado, se los conté a Gastón y a Mariano y ellos me dijeron: ‘Ese es el guion’. Y tenían razón: era mucho mejor que las ideas que estaba pensando”.

¿A partir de ese momento, cada vez que comienzan un nuevo proyecto, Andrés está incluido como guionista?
G.D.: Sí, claro, pero no por contrato. Andrés tiene el beneficio de no haber estudiado cine ni guion, lo que le permite no tener prejuicios a la hora de pensar. Tiene una visión de espectador sofisticado, pero de espectador, y eso hace que las ideas de él sean buenísimas. Así que, tanto a mí como a Mariano, nos gustan mucho las propuestas que plantea porque son muy firmes y se pueden colgar otras en las que nosotros podemos aportar más como directores, como si fuese una cuerda que está muy tensa y permite meter ideas paralelas, secundarias a la trama principal que él arma. Eso pasó, sobre todo, en esta última película, que fue un planteo muy sólido y firme en el que nosotros pudimos meter también nuestro punto de vista.

A.D.: Otra cosa al respecto es que, en general, creo que en la industria (tampoco soy un experto en eso) el guionista es bastante lateral: es el que escribe, al que le encargan el texto, le pagan y ya está. Después los directores a lo mejor quedan disconformes pensando que la idea que tenían era mejor que lo que el guion refleja. Eso a mí no me pasa para nada porque, realmente, tengo una inclusión total que no tiene un guionista normal. Yo viajo a los rodajes, si hay que resolver situaciones estoy ahí, converso de locaciones, de selección de actores, eso generalmente le está vedado a los guionistas. Y es un modo, para mí, mejor que el habitual en la industria.

¿Cómo surge la idea de El ciudadano ilustre?
A.D.: Yo creo que El artista, El hombre de al lado y El ciudadano ilustre tienen algo en común y son como una trilogía, porque si hay un tema que juega en las tres, es el encuentro de dos mundos, de dos formas de ver.

G.D.: Fue Andrés el que propuso esta cosa del artista que tiene cierto éxito en la ciudad y vuelve al pueblo de Argentina. Esto de que las celebridades de los pueblos no coinciden con lo que los pueblos han construido de ellas cuando las conocen.

A.D.: Nosotros somos de Bahía Blanca, entonces conocemos casos –en otra escala, porque tampoco Bahía es un pueblito como el de la ficción– pero pasa algo de eso. Y no solo ahí, en todos lados hay como un chauvinismo de: “Ah, éste es de acá, el padre vivía acá la vuelta”, y es gracioso porque es medio patético. A nosotros nos pasó eso con César Milstein, que es Premio Nobel. Él es de Bahía Blanca, pero hizo ahí hasta el secundario, después se vino a estudiar a la UBA y de ahí se fue a Londres, donde hizo toda su vida. No sé exactamente qué es lo que investigó, y le dieron el Premio Nobel. Pero vivió siempre en Londres. Y en un momento, volvió a visitar la Argentina y fue a Bahía Blanca. Nosotros íbamos al colegio secundario en esa época, y era “el bahiense que había conquistado el mundo”. Nadie sabía bien –ni nosotros, ni los profesores–, qué es lo que había hecho, pero hubo toda una ceremonia en torno a su visita y el intendente de ese momento se llevó un vuelto muy importante por haber llevado a ese hombre que llegó a ser Premio Nobel un poco porque también tuvo el coraje de irse a buscar su sueño de Medicina.

Salvando las distancias –ya que la película lleva esta situación al extremo–, a ustedes que también son del interior y se fueron a una ciudad grande a desarrollar sus carreras, ¿les pasa un poco lo que al protagonista cuando vuelven a Bahía Blanca?
A.D.: Sí, en una escala más modesta. El otro día Gastón me mandó un link del diario local. Porque la Casa Curutchet, donde se filmó El hombre de al lado, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por las Naciones Unidas, porque es una de las grandes obras de Le Corbusier y “la obra” de él en Sudamérica. Sin embargo, la noticia en Bahía Blanca era: “Fue declarada Patrimonio de la Humanidad una casa donde un bahiense filmó una película”. ¡Omitieron a Le Corbusier, que es el arquitecto más grande del siglo XX! Ese es el chauvinismo un poco mal entendido, que en el caso del arte y la cultura, o de la ciencia, es más flagrante, porque vos no sabés bien qué hizo esa persona. Como te contaba, yo no sé bien cuál fue el logro de Milstein. Esto, a veces, se emparenta un poco con el deporte. Ginóbili es el otro ejemplo de esto en Bahía Blanca, pero en ese caso es más detectable su valor, porque lo ves jugar y no tenés que ser un experto para darte cuenta de que el tipo es buenísimo. Pero esa cosa chauvinista de la propiedad, eso sí nos pasa, y en algún grado, a todo el mundo.

Y Salas, ¿tiene un poco de Bahía Blanca?
A.D.: Salas, en ese sentido, es universal, de hecho es un Frankenstein, no es que existe, las locaciones son distintos pueblos, son imágenes tomadas de muchos lugares. Es un prototipo y está bien que sea así, una localidad ficticia. En un punto, porque tampoco queríamos acentuarlo en un solo lugar, ya que en realidad es una característica de todo pueblo chico esto de decir: “Mirá éste que salió de acá”. Entonces no queríamos cargar las tintas y localizarlo, sino mostrar que puede ser cualquier pueblo, de cualquier país del mundo, además.

¿Se esperaban la nominación para el Festival de Venecia? ¿Qué expectativas tienen?
G.D.: La verdad que sí, pero no corresponde que yo lo diga. Yo lo esperaba y lo esperábamos todos, pasa que al decirlo queda como que estoy siendo canchero. Pero sinceramente pensábamos que sucedería, y dijimos que no a otros ofrecimientos que hubo antes en pos de esto, pudiéndonos quedar sin uno y sin el otro, porque son miles de películas, o decenas de miles, y eligen 20. Pensábamos que sí porque nos gusta la película, pero habrá millones de directores que dicen lo mismo. La vio acá Violeta Bava, que es la representante del Festival de Venecia para Latinoamérica, le gustó y la elevó; y después recorrió sola, sin ningún lobby extra de ninguna índole, todos los pasos, hasta que un día nos dijeron, no sólo que había entrado, sino que había entrado a competir en la categoría más alta, con la última de Wim Wenders, Terrence Malick, François Ozon, Tom Ford, Damien Chazelle, y otras tantas. La película, obviamente, debe ser la más pequeña de ahí.

¿Sienten que la película refleja su estilo? ¿Es lo que se dice: “una película del director”?
G.D.: Creo que en nuestra película, más allá del guion que es buenísimo, hay un punto de vista, una manera de filmar y una puesta en escena que es singular, que es no académica también, y por lo mismo bastante libre, porque ni Mariano ni yo estudiamos. Desarrollamos una manera que es bastante visible y particular, donde se expone mucho la historia y a los actores, y en este caso, como son buenísimos, eso juega a favor. No se hacen trucos de montaje, no se hacen los cortes académicos en el eje de los planos para narrar una conversación, jamás. No se subrayan demasiado las cosas desde la puesta en escena. Y eso configura un estilo. Así que la película tiene su singularidad. Es una película con aspiraciones comerciales que necesita de la taquilla, pero está hecha sin la más mínima consideración por el público, en cuanto a que para atraer a la gente tiene que ser más simple o menos rebuscada. Cero. Ésta es la película que nos gusta a nosotros.