arteBA, desde la mirada de los chicos

26 de mayo de 2016 Arte

Alumnos del taller de plástica y artistas de la Casa Central de la Cultura Popular visitaron arteBA.

“La pintura es un lenguaje que, como todo lenguaje, sirve para manifestarse”, enseñó Luis Felipe Noé a través de sus obras, a lo largo de una vida que está llegando a los 83 años. Se los cuento a los cuatro jovencitos que me acompañan en el micro que nos lleva a arteBA. Diego (12), Alder (21), Cristian (10) y Matías (12) se ríen, entienden de lo que les hablo. Están familiarizados con esas ideas. Me cuentan que estudian plástica en la Casa Central de la Cultura Popular una vez por semana. Aprenden dibujo, pintura, escultura en arcilla, alambre y yeso, grabado, xilografía, un poco de fotografía, edición de video y animación por stop motion en plastilina. Les gusta hablar de eso.

Es un viernes de otoño y la Villa 21 luce metálica por la luz magra y fría de la siesta. Gabriela Sennes, coordinadora de exposiciones de “la Casa”, ordena al grupo de estudiantes y artistas que visitarán la muestra en la Rural. Estefanía Yaworski y Arturo Blas, productores de la Subsecretaría de Cooperación Cultural y sus anfitriones durante la travesía, los esperan en la vereda con credenciales personalizadas. Un rato antes habían cargado las bolsas con la merienda para el regreso: “Snacks salados, un alfajor, un jugo de manzana y una manzana fresca. ¡En bolsitas de papel reciclado!”.

Pablo Soler, Brian Barrionuevo, Luis Giménez y Carolina Chorolque (“la seño de dibujo”), artistas que exponen actualmente en la muestra "El Paisaje", completan la comitiva que participará de la experiencia de recorrer arteBA –que este año cumplió su 25° aniversario– y detenerse frente a la sección DIXIT, que presenta un panorama del arte argentino producido en las últimas dos décadas: “Oasis. Afinidades conocidas e insospechadas en un recorrido por la producción artística de nuestro tiempo”. 

“A los 7 años, más o menos, empecé a dibujar. Fui a la Casa de la Cultura a jugar a la compu y en la biblioteca me dijeron que había talleres. Me empezó a gustar un poco. Dibujo siempre que estoy aburrido”, recuerda Cristian, el más antiguo de los alumnos de Carolina, mientras dibuja una criatura a la que sus amigos le irán agregando detalles durante el viaje de ida. 

Matías, el reidor del grupo, tiene predilección por pintar paisajes. Lo que sea, en color rojo. En cambio, Diego prefiere las fantasías, “crear personajes” y dibujar cómics. Alder, algo más tímido que el resto, afirma que le gustaría trabajar de guía de museo en idioma guaraní, la lengua natal que emerge en la cadencia de su español.

Ya en arteBA y a poco de iniciar la visita, las guías proponen tres consignas para orientar el paseo: ¿quién es el artista?, ¿qué nos está diciendo? y ¿qué detalle convierte a estas obras en contemporáneas?

“Esto parece el patio de mi casa”, sentencia Cristian junto al “Pantano postproductor” de Diego Bianchi. Detrás, la instalación de afiches “Ahora somos todos negros”, de Juan Carlos Romero, hace las veces de telón de fondo para que el artista (uno de los más representativos de los años 60), se deje fotografiar por la prensa. A un costado, Eduardo Stupía (otro de los nombres esenciales que expone en “Oasis”) conversa con un visitante y Marta Minujín cruza la sala a la velocidad de un trompo multicolor.

Brian Barrionuevo se aparta del grupo para ensayar una ruta más personal. Le interesó “Karma Chain” de Matías Duville: “parece una huella digital hecha con cadenas”, arriesga. Cerca de él, Luis Giménez se detiene frente a “Mercado”, de Cristina Schiavi, que en el cruce de materiales, objetos y nombres propios dispara una pregunta que queda flotando: ¿qué es el arte en el siglo XXI?

Más allá de estilos y escuelas, de edades y de estudios, de premios y consagraciones, las guías definen al arte contemporáneo como “una obra en proceso que devela el mundo interior de los artistas”.

Ahora el grupo está sentado en rueda. Recibieron papeles de colores y marcadores. Es el momento de considerar y dejar por escrito lo que vieron: una palabra, una impresión y una pregunta que les serán remitidas a cada uno de los expositores.

La conclusión de Brian lleva signos de pregunta: “¿Solo lo que está acá es arte? Porque muchas obras no me interpelaron. Entonces pienso en el afuera”. Cristian dice lo suyo, en silencio, dotando de perfección a uno de los tres dibujos que comenzó y terminó en menos de dos horas.

Antes de abandonar el recinto, Carolina Chorolque me explica sus expectativas pedagógicas con los chicos y los adultos que asisten a los talleres de plástica de la Casa Central de la Cultura Popular: “Espero que aprendan todas las técnicas, que se familiarecen con todos los materiales. A futuro, quiero plantar en ellos semillitas de arte. Que puedan desarrollarse y generar confianza en sus capacidades. Que se sientan seguros porque no hay límites de edad ni de estatus social. No importa en qué barrio nacieron ni quiénes sean sus padres. No hay un destino ni hay que darse por vencidos”.

Vuelvo a pensar en Yuyo Noé: “Al espectador le cabe sorprenderse o no, entender o no. Le cabe recrear la obra. Porque cada espectador tiene una personalidad diferente. Si la gente pasa como pasando el plumero, rápidamente, y se va, no necesito preguntarle qué opinión tuvo del cuadro. Si por el contrario se queda mirando, mirando y mirando durante bastante tiempo, también sé qué opina del cuadro”.