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Biblioteca Nacional

Biblioteca Nacional

La Biblioteca Pública de Buenos Aires —antecesora directa de la Biblioteca Nacional— fue creada por decreto de la Primera Junta, el 13 de septiembre de 1810. Su primera sede estuvo en la Manzana de las Luces, en la intersección de las actuales calles Moreno y Perú.

La Junta pensó que entre sus tareas estaba la de constituir modos públicos de acceso a la ilustración, visto esto como requisito ineludible para el cambio social profundo. Mariano Moreno impulsó la creación de la Biblioteca como parte de un conjunto de medidas —la edición, la traducción, el periodismo— destinadas a forjar una opinión pública atenta a la vida política y cívica. Así, la Gazeta y la traducción y edición del Contrato Social se hermanan en el origen con la Biblioteca. Precisamente, el escrito estremecedor de la Gazeta titulado “Educación”, en donde se anuncia la creación de la Biblioteca en 1810, posee todas las características de un documento alegórico, bélico y literario a la vez, pieza muy relevante del pensamiento crítico argentino.

Pocos meses antes, el propio Moreno y Cornelio Saavedra firmaban la orden de expropiar los bienes y libros del obispo Orellana, juzgado como conspirador contra la Junta. Así se constituyó el primer fondo de esta Biblioteca, enlazada desde el comienzo con la lucha independentista y la refundación social. También integraron el primer acervo las donaciones del Cabildo Eclesiástico, el Real Colegio San Carlos, Luis José Chorroarín y Manuel Belgrano.

Sus primeros bibliotecarios y directores fueron el doctor Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez, ambos hombres de la Iglesia. Luego, vendrían Chorroarín y Manuel Moreno, hermano y biógrafo del fundador. Los nombres que se suceden son hilos de una trama histórica y cultural: Marcos Sastre, Carlos Tejedor, José Mármol, Vicente Quesada, Manuel Trelles, José Antonio Wilde. La Biblioteca significaba un cruce, que ya estaba en la vida de estos hombres, entre los compromisos políticos y las labores intelectuales. En estos nombres encontramos la huella de autores de obras que forma parte del memorial del lector argentino, como El Tempe argentino, de Marcos Sastre, la novela Amalia, de Mármol, o la obra historiográfica de Quesada. Algo del Salón Literario de 1837 se alojaba en la Biblioteca Nacional de los años 80, sin contar que uno de sus directores, Tejedor, sería después uno de los directores de la guerra perdida por los batallones de la ciudad de Buenos Aires contra las fuerzas federalizadoras.

De una manera u otra, la Biblioteca Nacional se situaba entre las más altas experiencias literarias —del signo que fueran— y los ecos no callados de las guerras que recomponían las formas del poder nacional. Ya Groussac había percibido esta marca inaugural en la magnífica historia de la Biblioteca Nacional que escribe al iniciar su propia gestión, a la que ve como activadora de una confluencia de las viejas corrientes literarias y políticas, y la formación de un nuevo espíritu de rigor argumental e investigativo.

La adquisición por parte de la Biblioteca del carácter de Nacional, recién en los años 80 del siglo XIX, guarda inequívoca correspondencia con la evolución de las instituciones del país. En el momento de efectiva formación del Estado nacional, la Biblioteca se erigió como reservorio patrimonial y cultural. Paul Groussac protagonizó el nuevo período de modernización y estabilización, acorde con el clima general de la época. Por gestión personal de su director, la Biblioteca Nacional obtuvo un edificio exclusivo en México 564, donde los bolilleros atestiguan su destino original, el de Lotería Nacional. La gestión de Groussac duró más de cuarenta años, y entre otras cosas logró que la Biblioteca fuera un punto de referencia para el pensamiento argentino, en especial en temas históricos y de crítica literaria. Logró aliar la acumulación bibliográfica (se duplicaron los fondos patrimoniales y se creó la Sala del Tesoro), con la forja de un centro considerable de creación y pensamiento, que se expresó incluso en prestigiosas publicaciones.

Durante el siglo XX hubo dos largas gestiones recordadas por razones diversas. La primera, fue la de Gustavo Martínez Zuviría, autor de libros de venta masiva y difusor de posiciones antisemitas. Al frente de la Biblioteca durante un cuarto de siglo, desplegó una vasta labor de compras bibliográficas, publicación de documentos e intervención en los debates culturales. Este controvertido y prolífico autor, también deseó relativizar el peso de Mariano Moreno en la fundación de la Biblioteca, restándole así valor a su origen revolucionario. Durante el largo período de permanencia de Martínez Zuviría se compró la importante colección del hispanista francés Foulché-Delbosc, esencial para el estudio de la historia de España. La dura controversia que mantuvo el poeta y ensayista César Tiempo con Martínez Zuviría es uno de los momentos recordables que atesora la memoria de la institución y prueba de que siempre fue ella misma un documento de cultura atravesado por todas las tendencias culturales e ideológicas de las épocas más vehementes de la historia argentina.

La otra presencia capital en la Biblioteca Nacional —cuya espesura cultural y literaria era de características bien diversas a la anterior, pero no a la de los tiempos largos que quedaron impregnados por el sello personal de Groussac—, fue obviamente la de Jorge Luis Borges. El autor de “La Biblioteca de Babel” supo erigir a la Biblioteca como tema de pensamiento y literatura, y gestionar la institución junto con el subdirector José Edmundo Clemente, quien asimismo fue muy activo en la construcción del nuevo edificio, situado en la manzana que antes había alojado a la residencia presidencial en que habían convivido Juan Domingo Perón y su esposa Eva Duarte. El itinerario urbano, catastral y arquitectónico de la Biblioteca Nacional también revela su íntimo apego a las alternativas más dramáticas de la vida nacional.

Precisamente la Biblioteca fue objeto de una prolongada empresa arquitectónica que abarcó desde la concepción de la necesidad de un nuevo edificio en 1960, cuando la ley 12.351 destina tres hectáreas para su construcción, entre las avenidas del Libertador General San Martín y Las Heras, y las calles Agüero y Austria, hasta su inauguración, recién en 1993. A partir del correspondiente concurso de anteproyectos, la obra fue adjudicada a los arquitectos Clorindo Testa, Alicia D. Cazzanica y Francisco Bullrich. Aún están en vías de realización algunas partes del proyecto original. La piedra fundamental del edificio actual fue colocada en 1971 y la morosa construcción estuvo a cargo de distintas empresas: Compañía Argentina de Construcciones, José E. Teitelbaum S.A. y Servente Constructora S.A. En 1992, coincidiendo con otra fuerte modernización urbana, el edificio fue finalizado. Su estilo a veces llamado “brutalista” —sin duda una de las variantes del expresionismo del siglo XX—, es siempre motivo de interrogación y estudio por los estudiantes de arquitectura. Irrumpe en los estilos arquitectónicos del tejido de la ciudad que la aloja, con una fuerte voz irreverente, escultórica y pampeana, que no deja hasta hoy de formar parte del acervo de las discusiones culturales argentinas.

Un año más iba a demorar el complejo traslado del material bibliográfico y hemerográfico desde la antigua sede de la calle México. Un fondo que, como puede apreciarse en los catálogos, no se limita a la producción nacional —aunque éste es, sin dudas, su centro—, sino que incluye importantes ediciones extranjeras. Menos dotada cuantitativamente que otras bibliotecas nacionales hermanas de Latinoamérica y aún en proceso su ansiado momento de ponerse a la par de los horizontes de modernización característicos de la época contemporánea, la Biblioteca Nacional de la República Argentina sin embargo posee un patrimonio cuya calidad es de excelencia, indispensable para considerar la bibliografía y la hemerografía de la historia nacional en sus más variados aspectos, y particularmente rica en lo que hace a los antecedentes remotos o más mediatos de la formación social, económica y simbólica de la nación.

La Biblioteca Nacional, en cuya historia pueden verse así los trazos elocuentes de la historia nacional, ha sido entonces atravesada, a veces mellada, otras veces impulsada, por la vida política más amplia. No es posible pensarla, gestionarla, trabajar en ella, investigar sus salas de lectura o tomarla como pieza de la política cultural argentina, sin tener en cuenta el vasto eco que ofrece —como si fueran los “ecos de un nombre” borgeanos—, de los avatares de la propia memoria nacional. Venir a ella supone adentrarse en la propia historia de la lectura en la Argentina y en las complejas urdimbres sus pliegues simbólicos y materiales.

Por Ley Nº 26.807, sancionada el 28 de noviembre de 2012 y promulgada el 8 de enero de 2013, se designa con el nombre “Doctor Mariano Moreno” a la Biblioteca Nacional.

Arquitectura

El actual edificio de la Biblioteca Nacional fue construido a partir de un proyecto de los Arquitectos Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga, quienes obtuvieron el primer premio del llamado a concurso de carácter nacional, en 1961.

Entre los principales objetivos del proyecto, figuraba la previsión de crecimiento, sobre todo de los depósitos, y el aprovechamiento urbanístico y arquitectónico del emplazamiento dado, asegurando la salvaguarda del espacio verde, de la barranca y de la diversidad botánica de los alrededores. A tal fin, se desarrollo un proyecto donde el mayor volumen se construyó enterrado, permitiendo la posibilidad de crecimiento de los depósitos, una mínima construcción en planta baja y una edificación sobreelevada de las salas de acceso público y de los sectores administrativos.

La singular fachada del edificio corresponde al estilo denominado brutalista y como rasgo fundamental se destaca el hecho de que la estructura principal ha sido resuelta en hormigón armado, adoptando un carácter arquitectónico destinado a quedar expuesto.

En cuanto a su estructura, se ha dividido en dos tipos de fundaciones independientes:

Directa: Los depósitos de libros, sala de máquinas y Escuela de Bibliotecarios, se han fundado en forma directa sobre el terreno por medio de vigas continuas sobre la losa de subpresión; sobre estas vigas descansan las columnas que soportan los entrepisos de los depósitos.

Indirecta: El cuerpo más representativo del edificio, debido a la magnitud de la carga (7800 tn.), se sustenta sobre cuatro núcleos, los cuales se apoyan en 13 pilotes cada uno. Estos pilotes tienen un diámetro de 1.20 m y una profundidad fluctuante entre 25 m y 27 m del nivel del terreno.

A nivel de +16.49 m sobre PB (bajo 3º piso) estos núcleos sostienen un gran plano estructural del que cuelgan por medio de tensores las losas del 1º y 2º piso.

A nivel de +32.40 m (7º piso) los núcleos reciben nuevamente un plano estructural del que cuelgan por tensores las losas sobre el 5º piso y rampa.

La circulación vertical tanto de personas como de material bibliográfico, los montantes de electricidad y las diversas cañerías se alojan en estos 4 apoyos que, por su emulación paleontológica, se asemeja a un gliptodonte, con su panza y cabeza hacia Av. Libertador. Esos apoyos se los denomina: manos y patas. Tanto la “panza” como el “lomo” están constituidos por 2 pares de vigas maestras que se apoyan en los núcleos, y que están cruzadas por vigas secundarias que descansan sobre ellas.

Áreas funcionales:

Edificio Principal:
Cuenta con 3 subsuelos de depósitos con una superficie de 19.000 m2, siendo el sector C de los mismos destinado a Hemeroteca; este depósito se comunica con su Sala de Lectura por medio de montalibros y escaleras internas. Los sectores A y B del 1º y 2º subsuelo están destinados a depósito de libros. Los sectores A y B del 3º subsuelo se encuentran reservados para futuras expansiones.

- En el nivel H se encuentran las salas de Hemeroteca, la Sala de lectura para no videntes, y las áreas de Adquisición e intercambio bibliográfico, Relaciones Públicas e Institucionales, Archivo del patrimonio arquitectónico del edificio, Procesos técnicos del material bibliográfico que ingresa a la institución, y otras áreas administrativas.

- A través de PB, los lectores ingresan a la Biblioteca.

- En el 1º piso se encuentra el “Auditorio Jorge Luis Borges”, la sala de exposiciones “Leopoldo Marechal”, el bar y la Dirección.

- En el 2º piso, se emplazan únicamente áreas administrativas.

- En el piso + 2, se encuentra la sala de máquinas intermedia.

- En el 3º piso se ubican las áreas de: Audioteca y mediateca, Fototeca, Mapoteca, Sala del Tesoro, la sala de exposiciones “Juan L. Ortiz”, la Academia Nacional de Periodismo, la Subdirección y áreas sin acceso al público (Diseño, Audio, Video, Prensa, Publicaciones, etc.)

- En el 4º piso, se ubican los depósitos de: Archivo de manuscritos y materiales inéditos, Audioteca y Mediateca y Tesoro de manuscritos.

- En el 5º piso, se encuentra la Sala de lectura “Mariano Moreno”, donde el lector dispone para la consulta del fondo general de libros.

- En el 6º piso, se accede al sector de Referencias, a la sala de lectura libre “Gregorio Weinberg” y a distintas áreas administrativas.

- En el 7º piso, se encuentra la sala de máquinas superior.

- En la terraza, se ubica la sala de máquinas de ascensores, torres de enfriamiento y tanque de agua superior.

Escuela de bibliotecarios:
Se encuentra en volumen separado entre el nivel H y PB. Cuenta con 3 aulas, biblioteca y la sala de conferencias “Augusto R. Cortazar”.

Bajo la misma se encuentra el nivel semienterrado, donde funcionan los talleres de preservación y restauración, y por otro lado, los talleres de Microfilmación.

En el nivel -2 y -3, se encuentra la sala de máquinas principal.